Asunción y la encrucijada del cambio

El año 2015 es un año electoral en Paraguay. Los distritos y ciudades del país elegirán a sus autoridades municipales; las disputas electorales ya son noticia y las mismas marcarán la agenda política de los próximos meses. Sin dudas es un año importante en el que se van a medir fuerzas electorales e intereses políticos, proyecto políticos y económicos que se reforzarán o se debilitarán, las elites de los partidos políticos tradicionales gastarán mucho dinero en una especie de parafernalia electoralista, los partidos más pequeños se deberán arreglar como puedan e intentarán disputar alguna banca a los tradicionalistas.

La vida de la gente común seguro se verá alterada. Por algunos meses tendrán visitas de candidatos, actos y mítines políticos que se realizarán cerca de sus barrios, invitaciones a actividades y abundantes promesas, tragos, músicas, algún dinero para comprar un medicamento o unas moneditas por realizar pintatas y pegatinas; luego, todo volverá a la normalidad y la vida de la gente común seguirá como siempre.

En lo que respecta a Asunción, ya se manejan varios nombres de candidatos y candidatas, aún a ser definidos en las internas de sus partidos. Probablemente todos van a coincidir (por lo menos en discurso) que Asunción debe cambiar, que las cosas no pueden seguir como están y que se debe apostar al cambio. El cambio irá unido a varias promesas vacías, demagogias. No obstante, este tiempo electoral puede ser una buena oportunidad para abordar Asunción desde la encrucijada del cambio.

En un país donde la macroeconomía crece a partir de la sojización de su territorio, el ingreso de capitales extranjeros y la exportación de carne vacuna, la exigencia de generar cambios en su Ciudad Capital es impostergable para las elites económicas, tanto nacionales como internacionales. La construcción del World Trade Center, el enrejamiento de las plazas públicas, los programas o leyes que buscan la limpieza social, sacando a vendedores ambulantes de las veredas y de los semáforos son parte de cambios que se vienen dando en Asunción y que responde a un modelo de acumulación, el mismo modelo que a escala mundial permite que “las 300 mayores empresas del mundo controlen el 60 % de toda la riqueza. El uno por ciento de los ricos controle la mitad de toda la riqueza de la humanidad”[1].

Ser pobre y vivir en Asunción, más que un problema, es someterse a un proceso de exclusión, ser pobre expulsado del campo es exponerse a una nueva expulsión. “El agronegocio paraguayo está basado en el cultivo de enormes extensiones de tierra, de soja, maíz o trigo, para la exportación, con elevado nivel de mecanización, poca mano de obra, de alta especialización, por lo que a menudo es extranjera”[2]; y luego no hay nada, los que están por fuera de los agros y de los grandes negocios pasan a ser parte del sobrante poblacional y deben dedicarse a lo que puedan, trabajar en lo que puedan, comer lo que puedan y no tienen asegurada su sobrevivencia.

El cambio que propugnan los inversores y dueños de los grandes capitales está ligado al “progreso económico”, para convertir una ciudad con mayor discriminación, capaz de expulsar e invisibilizar a miles de personas que viven en la pobreza absoluta. Es un proyecto que establece los límites entre la ciudad formal e informal, donde cada vez es más palpable la separación espacial entre ricos y pobres, en donde las cadenas de restaurantes, hoteles, inmobiliarias y complejos empresariales puedan seguir creciendo a partir del trabajo de los pobres y que se establezcan formas de control y disciplinamiento en las zonas donde el progreso del capital no ha llegado, y por lo tanto son consideradas peligrosas. Al respecto, Raúl Zibechi menciona: “En toda América Latina los barrios populares como el Bañado Sur, entre la ciudad formal y el río Paraguay, son objeto de la permanente intervención policial y militar. La excusa son las drogas, los detenidos suelen ser jóvenes pobres, personas sin trabajo y sin futuro, a menudo expulsados del campo por el avance de la soja, la minería y los monocultivos”[3].

A lo que las élites denominan progreso y modernismo económico es en realidad una de las turbinas principales de lo que se denomina “la modernización de la miseria[4], que responde a varias lógicas, entre ellas como producto no del atraso, del ocio o la culpa individual de los sectores empobrecidos; no, la marginalidad urbana es fruto de la creciente prosperidad económica global, de la descontrolada y extremada acumulación de riquezas. Los datos de Oxfam Internacional [5] dan cuenta de que la mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo. “La opulencia y la indigencia, el lujo y la penuria, la abundancia y la miseria, florecieron lado a lado”, sentencia Wacquant [6].

Los cambios propuestos para Asunción no pueden entenderse al margen de la lógica del agronegocio, del modelo extractivista y los efectos nefastos para gran parte de la población paraguaya, hoy mayormente viviendo en los centros urbanos, en situaciones deplorables. Poblaciones desposeídas y marginadas, pero poblaciones también en busca de cambios, con deseos y proyectos distintos a los hegemónicos.

[1]      Stedile, Joa. Disponbile en: http://alainet.org/active/71127

[2]      Diario ABC digital, disponible en: http://www.abc.com.py/nacionales/la-desigualdad-aumenta-pese-a-reduccion-de-pobreza-1220148.html

[3]      Periodico digital E’a, disponible en: http://ea.com.py/militarismo-en-paraguay-la-otra-cara-del-modelo-extractivo/

[4]      La cita pertenece a: Loic Wacquant.

[5]      Oxfam, Informe: gobernar para las elites, año 2014, disponible en https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es_0_0.pdf

[6]      Wacquant, Loic. Parias Urbanos: marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio. Ediciones Manantial. Buenos Aires, 2007.

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