Ante un Estado insuficiente: mujeres organizadas

 

Cada año, mujeres en todo el mundo salimos a las calles el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En este, hubo marchas multitudinarias en las ciudades y pueblos de América Latina para exigir el cese de los feminicidios, la profundización de la democracia y que se reconozcan plenamente los derechos reproductivos. Paraguay no fue la excepción, tuvimos por cuarto año consecutivo una marcha masiva en Asunción, además de manifestaciones en Encarnación, Ciudad del Este y Concepción.

Al recordar estas manifestaciones y marchas en la región no puedo dejar de reconocer y mencionar a las compañeras feministas que estuvieron antes que nosotras e hicieron posible que marchemos con tanta seguridad y cuidado.

Este espacio seguro permitió que muchas mujeres de diferentes edades tomaran las calles. Algunas por primera vez se sumaban a la marcha, y ahí estaban las compañeras organizadas ayudando, dirigiendo, acompañándolas. Contenidas por las chicas de la articulación feminista, quiénes son las responsables de que las acciones del #8M y #25N sucedan y tengan visibilidad e impacto. Ellas estuvieron atentas a cada situación, a que se pudiese solucionar cualquier problema y que toda la logística estuviera cubierta.

Una vez más, como todos los años, los sectores antiderechos y conservadores hicieron notar su descontento con la marea de mujeres que quiere un mundo con igualdad, libertad y sin discriminaciones. Reclamaron entonces que nuestras reivindicaciones son siempre las mismas, como si ese cansancio suyo cambiara nuestra realidad, donde para nosotras nada nos está asegurado en este sistema construido sobre nuestros cuerpos. Por lo tanto, no nos cansaremos de exigir el cumplimiento de nuestros derechos las veces que sean necesarias.

Una sociedad que discrimina a sus integrantes por ser mujeres, pobres, indígenas, con discapacidad, lesbianas o trans, será siempre una sociedad insuficiente, carente. Es por ese motivo que me permito reconocer la importancia histórica que tiene este #8M2020, ya que por primera vez las mujeres indígenas encabezaron la marcha. No es fácil ser mujer, ser pobre, ser indígena y sufrir por esas razones todas las opresiones y violencias de un sistema hetero patriarcal, capitalista, colonialista y racista. Ellas con todas sus fuerzas nos demostraron que no hay cansancio posible cuando una decide despertar y luchar por una sociedad más justa.

Las mujeres sindicalistas exigieron el cumplimiento de las leyes laborales: la ley de lactancia materna o la ley que exige a las empresas públicas y privadas tener guarderías para los hijos e hijas de las trabajadoras, que paguen el mismo salario por el mismo trabajo a hombres y mujeres ya que hoy en Paraguay la brecha salarial sigue siendo del 30% y además, denunciar que el acoso sexual sigue impune en las empresas, en las universidades y en las calles.

En ese sentido hago mías  las palabras de Paola Kolher en el programa de radio La Buena Yunta: “Que no haya guarderías en las empresas para dejar a nuestros hijos e hijas es violencia, que no nos paguen un salario digno es violencia, que no existan políticas de cuidado implementadas por el Gobierno nacional es violencia”. Esta conexión me parece clave porque un país sin garantías para el libre desarrollo de las personas es un mundo que violenta, subordina y excluye, es una sociedad que discrimina.

Por eso, aparte de la alegría que sentimos al encontrarnos todas en cada marcha, también es necesario recordar que nos mueve la rabia, el enojo, por la indiferencia de un Estado ausente ante nuestras demandas, un Estado de privilegiados y de carencias. Hoy queremos dejar en claro que nosotras, juntas y organizadas no daremos ni un paso atrás y construiremos una sociedad donde todas, todos, todes, tengamos un lugar digno.

*Artículo original publicado en Revista Emancipa

 

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