Bienvenidos al Bañado Sur

Un mundo de gente vive en el Bañado Sur. Un mundo que creció con el desahucio del campo a la ciudad. Un mundo que se recrea en el reciclaje y diversos empleos. Un mundo que resiste “con dignidad”. Reportaje.

El arroyo Ferreira, casi en la frontera del Bañado Sur. Muchos de sus pobladores aun recuerdan la época en servía para hacer pasar los ratos de calor. Foto: Mónica Omayra.

El «semáforo humano» nos da la bienvenida en la curva ciega denominada «Caracolito», que nos introduce al Bañado Sur. Foto: Mónica Omayra.

El recuerdo más poderoso de Angili (Crinilda Ortiz López) es la inundación de 1983 que desbordó el bañado y subió muy arriba. Las aguas se llevaron su primer zapatito de charol, regalo del padre. “Ovevýi ohóvo la che sapatu, ha che ndaikatúi mba’eve ajapo”, suspira esta mujer bajita, rubicunda y cachetona. El padre se resistió a la reubicación arriba. “Itestarudo la che túa”. Entramó unas tablas cerca del techo de su casa de madera. Ahí, en un huequito, tipo altillo, mantuvo a sus criaturas. Utilizaba un bote de madera para comunicarse con el mundo exterior. En aquella época el mundo humano en los bañados era reciente. “Nosotros nos bañábamos en el arroyo Ferreira, lavábamos nuestras ropas y nos divertíamos muchísimo”, recuerda Angili. “Morotî sakâ vaekue”, remata. Lo que hoy se considera Bañado Sur era un enorme predio de olerías militares, zanjas, humedales, refuerza Felidelino Mendez, 45 años, que llegara con su familia cuando él tenía cuatro años.

“Bienvenido al Bañado Sur”, dice Soraya Bello, con esa voz tibia y afectada de madre dedicada a dos hijos menores y un montón de tareas desde la organización Mil solidarios, dirigida por el Pa’i Oliva. Un joven moreno levanta la hoja de cartón blanca indicando que en esa curva cerrada de uno de los accesos (el caracol) al Bañado, el paso está liberado. El ingreso al Bañado Sur es abrupto, entero, inapelable: Carritos tirados a mano, a caballo, carricoches, motos y un mundo de gente, tiendas, casetas y talleres inundan el paisaje. Una lomita acerca al puente sobre el arroyo Ferreira. Sus antiguas aguas cristalinas forman parte ya del mundo de los desechos, de la cada vez más frágil memoria y del inexorable olvido.

Foto: Mónica Omayra.

El cura Pepe Ortega y las chicas de Pelu-Spa en al inauguración del local. Foto: Julio Benegas.

Pelu-spa

La primera visita al Bañado Sur para este reportaje coincide con la apertura de un Pelu-spa para mujeres, con precios accesibles para hacerse las uñas, cortarse y pintarse el pelo y relajar el cuerpo con masajes, uno de los emprendimientos de la cooperativa de mujeres del Bañado Sur. La inauguración adquiere el carácter de rito importante: corte de cintas, agua bendita y sermón del cura José Pepe Ortega y un frugal refrigerio. Es un emprendimiento que cuenta con apoyo de gente pudiente. Soraya Bello agradece los aportes. “Compromiso y rostro humano son necesarios para hacer las cosas”, dice, para luego invitar a las chicas de la cooperativa a acompañarla hasta la radio Fe y Alegría. Aquel día, ella debía conducir el programa del mediodía de Pai Oliva, de viaje en ese momento.

A fines de los ochenta, y más particularmente con la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner (1989), “se liberó la ocupación y hoy Bañado Sur es prácticamente una ciudad”, comenta Fidelino, en una amable conversación en torno del picadito de carne y la ensalada de lechuga que nos ofrecen en la casa de doña Irma Matos, una de las activistas de la cooperativa de mujeres. “Stroessner tiempope hendy vaekue orendive”, recuerda. “A cada rato y por cualquier cosa ya nos apresaban o nos llamaban en la comisaría Octava”. A Fidelino le gusta contar sus historias (me recuerda al relator de “La estrategia del caracol”, esta maravillosa película colombiana sobre la resistencia de una vecindad al desalojo). De todas las historias que de su enorme memoria descorcha, apunto esta frase: “Yo aguanté el toque de queda, pasé el golpe del 89, sobreviví a la masacre del 99 y ahora resistiremos al parque industrial”.

Foto: Mónica Omayra.

Los pobladores del Bañado Sur entienden que serán desplazados de sus hogares con la llegada del Parque Industrial. Foto: Mónica Omayra.

El parque industrial

La propuesta se presentó hace un año y medio al barrio. Cuando los pobladores hablaron sobre el asunto, qué les deparaba, de los traslados, “la gente de la municipalidad no supo decir nada, hablaron de mejora de calidad de vida, pero no dijeron cómo, dónde”, comenta Soraya.

El parque industrial es un proyecto de convertir algunas franjas de los bañados en lugares de ensamblaje. Ya fue asumido desde la municipalidad de Asunción. El intendente Arnaldo Samaniego les había dicho que el proyecto es irreversible y que traería progreso para las familias. Las familias del Bañado entienden que este emprendimiento significará el desplazamiento de sus hogares, “que con tanto sacrificio hemos construido”, al decir de Angili.

En los 90, el mundo humano desbordó las pendientes que llevan al río Paraguay en los alrededores de Asunción. Las desbordó rompiendo por todos lados el estatuto de la antigua ciudad de jazmines y alcobas y esa cortesía tan de pueblo, arropada de cierta arrogancia de la gente “letrada”. El destierro sin fueros ganó los humedales, convirtiendo esas inmensas orillas ocupadas por olerías militares en casitas de madera, ladrillos, callejas, almacenes, canchitas, escuelas, iglesias, frustración y esperanza, duelo y pasión, prebenda, quiniela, guaraní y jopara.

Foto: Mónica Omayra.

Angili nos muestra la cancha donde se hacían los torneos con los que recaudaron dinero para varias mejoras en la comunidad. Foto: Julio Benegas.

Dignidad desafiante

De la cooperativa de mujeres, en el barrio San Cayetano, Angili propone ir a la casa de una amiga para pintarse el pelo, de un dorado oscurecido, y comentar algo de su historia. “No tengo nada que ocultarle a mi amiga ni a nadie. Heta mba’e che aikuaa hina”, advierte. En el recorrido, de caminos angostos, atajos por patiecitos y casitas, nos encontramos con una cancha decorada con bostas y una vaca flaca que pastaba a la sombra de un delgado paraíso. Frena, mira y apunta: “aquí hacíamos las polladas y los torneos. Así nos hicimos de luz (electricidad), escuelas y empedrados, con la ayuda de los jesuitas. Con ellos aprendimos a organizarnos”, remata.

En el recorrido paramos un rato en su casa. Angili vive en el fondo de un terreno de varias casetas familiares. Vive en una casa de ladrillos que “construimos con nuestras manos”, dice. Su marido es electricista y ella vende quinielas y a veces también se dedica al reciclaje. El marido, con su trabajo de instalador de antenas de Tigo,  ya viene poco a la casa. Los hijos de Angili van a la escuela y los mayores al colegio. “Yo, así como me ves, no le debo nada al Estado. Pero así también todo lo que tenemos lo hemos conseguido con mucho esfuerzo”, cuenta con una dignidad desafiante. Angili está ahora en Buenos Aires, de vacaciones. La mitad de los hermanos vive en la Argentina. “Allá viven mejor que acá. Allá el Estado existe, por eso ya no quieren volver. Opytántema hikuái, mba’éiko rojapóta upépe (en Paraguay), dicen”.

En bañado Sur, viven entre 4.000 a 4.500 familias, unas 17.000 personas aproximadamente, según el último censo presentado en la mesa de líderes de los bañados, comenta Soraya. Muchas organizaciones concurren en el bañado, entre ellos  “Desde Abajo”. Una columna de esta organización participó de la última manifestación convocada por la Federación Nacional Campesina para protestar por las balas incrustadas en el cuerpo de cuatro campesinos durante la oposición a la fumigación en Maracaná, Curuguaty. “Somos muchos más, no podrán matarnos a todos, resistiremos y los derrotaremos”, desafió Fidelino aquel viernes 22 de noviembre. Porque Bañado “no se vende, carajo”, remató.

Foto: Mónica Omayra.

El truco sigue siendo un buen pasatiempos. Foto: Mónica Omayra.

Soraya (izq.) con las chicas de Pelu-Spa en el programa de Fé y Alegria. Foto: Julio Benegas.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Angili en su casa. Foto: Julio Benegas.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

En el Bañado Sur existen varios comedores populares, sostenido por diversas organizaciones. El CEBINFA es uno de ellos. Foto: Mónica Omayra.

Entrada al Bañado. Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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