Avanza gigante el trabajo en moto: Bajo el riesgo está la supervivencia.

Por Julio Benegas Vidallet

A sus 44 años, Osmar Vega estuvo a punto de tomarse un trabajo delivery en el que le iban a pagar un poco más de G. 70.000 diarios por seis hora nocturnas. Debía laburar en su propia moto, pagar el combustible y la carga de datos para tener su celular a full, además de cobrar como prestador de servicio, con factura incluida, sin seguro social, vacaciones, aguinaldos y todos los derechos que durante más de un siglo se intentaron consagrar en el mundo moderno. Pero pensó que a su edad, con tres hijos, dos grandes ya, con lo poco que le quedaría solo iba a exponerse a una súper explotación de la que tal vez, a su edad, ya no saldría vivo. Él, con varios accidentes en moto encima, sabe que en eso de ir y volver en moto, de un lugar a otro, a ritmo de carrera, con un mal sueño, un extraño sopor de la resaca, chau, fuiste.

-De mi anterior trabajo, crédito de saldos cobranza en Claro, salí reventado- asegura.

-Sí brother, ahí te súper explotan- consciente Pablito Ojeda, que acababa de meter de la lluvia su moto, una Kenton. El también trabaja en delivery a las corridas, pero por lo menos yo me exploto y no estas empresas de mierda. El hace el delivery de la pizzería familiar. Igual se gana poco y tenés que estar despierto, muy despierto. La gente quiere todo rápido y barato. Ah, y que el producto sea rico.

La lluvia es más profusa, Osmar y Pablito se recogen debajo de un techo de zinc. Osmar piensa otra vez en ir a la entrevista de trabajo. Tiene una Honda purete. En eso de pensar llega a todo trapo, debajo de una lluvia ya intensa, Lelo, un amigo de pingas, sin casco, con un short y una remera. Atraca la moto frente a la casa de Los Lombardo, alguien sale a recoger la pizza. Rechaza con resignación la Pilsen que Osmar ofrece. Se disculpa, arranca y acelera. No hay tiempo que perder.

Osmar piensa y resuelve: ni ka’ure voy aceptar un trabajo así.

Diego Varela observa la lluvia y escucha el diálogo en silencio. Es de hablar poco, pero de trabajar en moto algo sabe. Un poco después de su tercer accidente en moto, trabajando en cobranzas, le había alcanzado el paro pandémico.

De aquel último accidente él asegura haberse salvado de milagro, aunque algo tuvo que ver el casco sólido que usaba, que se hizo trizas. En Avelino Martítez, yendo al trabajo, se desparramó cincuenta metros con la moto hasta terminar debajo de un camión contenedor, tras esquivar una camioneta que me salió todito. Pero piensa otra vez que delivery lo que hay ahora.

-Desde cuatro a cinco cuadras la gente pide delivery- asegura Soledad Coronel, que tiene un puesto de hamburguesas, lomitos, empanadas, milanesas, tortillas y remedios refrescantes en Calle San Pedro. Si no ofrecés delivery te perdés de mucha clientela, agrega. Ella misma, con su moto Kenton tipo Vespa, se moviliza todas las noches para satisfacer la demanda. Cobra cinco mil guaraníes por el servicio.

Si bien durante la pandemia un vasto sector de trabajadores, entre los que se encuentran los trabajadores del espectáculo y de eventos en primer lugar (más de diez mil personas aproximadamente entre músicos, sonidistas, recepciones, espectáculos infantiles, actores y actrices) y el gastronómico formal (restaurantes), quedó desempleado o su empleo se precarizó más, emergió un gigante mundo laboral asociado a la movilidad propia.

No hay datos generales, mucho menos oficiales, seguros sobre la cantidad de trabajadores en moto, pero en Gran Asunción, durante la pandemia, ni sobre la otra forma de trabajo con movilidad propia, que también creció gigante: el trabajo de taxi, con la idea de que con un auto lindo vos sos tu propio patrón. Uber, Muv y ahora, de un tiempo a esta parte, entró con todo Bolt, la aplicación más barata.

En este campo laboral crece libre y segura la idea establecida por Byung-Chul Han de que una persona siente que se explota así misma  y que todos los problemas están adentro, en uno mismo, y que, por lo tanto, la rebelión es contra uno mismo, no contra el sistema general de dominación. Pero este boom del taxi de aplicaciones en Paraguay merece un nuevo artículo. Y las ideas del pensador surcoreano están, en Paraguay, siempre en remojo.

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