Ausente, profesora

De cada 100 alumnos que inician el primer grado, sólo 27 terminan la secundaria. El abandono escolar tiene número pero detrás hay rostros. He aquí la historia de una de las protagonistas obligadas a ocupar el fango de de este sistema educativo.

De cada 100 alumnos que inician el primer grado, sólo 27 terminan la secundaria

Cindy tiene 18 años y lleva cinco reciclando cartones, polietilenos y botellas. Lo hace al pie de un contenedor de una célebre casa comercial del Mercado de Abasto y tiene un serio problema: le tiene en contra a una buena masa de vendedoras mamás. Una de ellas, Ña Ave, le corrió con una silla la vez pasada, mientras le escupía insultos. «Yo le conocí a otra chica que quería seguir estudiando. De metiche me fui a hablar con las mamás, al mediodía, cuando hay poca venta. Algunas me dijeron que no había problemas, que le enviarían a sus hijas; otras me dijeron que no, que su hija es grande, que si ya no estudió cuando chica, ahora ya no tiene sentido, que el trabajo es el que le va a dar de comer a sus hijos cuando los tenga, no el colegio. La chica quería estudiar; su mamá no quería. Me dijo que yo era una metida, yo le dije que ella lo que era metida. Después otra chica me chuleaba siempre, no quería ir. Hay una sola que quiere ir y su mamá le apoya. El resto de la gente no quiere estudiar, ahí cerca de donde se vende choclo hay como 10 niños que no van a la escuela», dice Cindy mientras se acomoda el kepi agarrándolo por la visera.

«Ndohoséi voi», «Demasiado ya gasté por él», «Hoy no te vas porque tenés que vender», son frases comunes en este ambiente. Y al colegio «normal» si faltás un día, ya perdés un montón de contenido. «El problema no es de los chicos, es de los padres también. Ellos ven como más necesario que trabajen. No sé cómo lo que piensan, a mí no me entra en la cabeza sacarle del estudio a mis hermanitas. Aunque sea cocido con galleta vamos a cenar, pero no van a dejar de estudiar. Si ahora no estudiás, ni empleada doméstica no llegás a ser», dice y promete todavía guerra.

Morocha, huesuda, en su cuerpo de niña sus ojos contrastan, porque contienen la vida de mujer madura y responsable, severa, que lleva desde los trece. Se hamaca para caminar, viste un kepi gris, remera rosada gastada, vaquero azul marino, otra remera como taparrabos y una zapatilla. Viste decente. Habla correctamente, impresiona por lo instruida, mientras se sienta sobre el pilón de cartones recogidos. Enseguida viene un representante del acopiador con una roldana enganchada a la oreja del pantalón, ata una liña en cruz al cuerpo de cartones y pesa. 15 kilos. Son las doce, para la tarde Cindy juntará otros 15 más, y así llevará 20.000, 30.000 guaraníes a casa. Su mamá quitará más haciendo lo mismo en otro punto del Abasto, máximo 80.000.

«Yo tenía pensando ir al colegio, pero mi hermanita que ahora tiene 13 se empezó a enfermar, tenía hemorragias por la nariz todos los días y el médico le dijo a mi mamá que podía ser un soplo en el corazón. Entonces yo tuve que trabajar para que mi mamá pueda llevarle al médico. La llevaba al Hospital del Corazón, diferentes horarios, diferentes estudios», dice.

Cuando era una niña vivía con sus abuelos paternos en Iriarte ii, una comunidad ubicada entre los pueblos de La Colmena y Caballero, en el departamento de Paraguarí, donde fue hasta el quinto grado. Para el sexto ya se mudó a Villa Elisa, junto con su mamá y su hermana menor, terminando con buenas calificaciones la escuela en el Sagrado Corazón de Jesús. Apenas finalizaban las clases cuando Rosa empezó a tener las primeras hemorragias. «Cuando ya se acercaba la fecha de empezar las clases y mi hermanita no se reponía, ahí empecé a calcular que no iría», explica. Todo ese año, en vez de ir al séptimo, Cindy ocupó el lugar de su mamá en las seis casas donde limpiaba, lavaba, planchaba y cocinaba. En las temporadas en que su hermana mejoraba, su mamá retomaba sus tareas y Cindy se quedaba de enfermera, porque en cualquier momento volvían los ataques de Rosa y había que correr para avisar a mamá y tomar la posta en las cocinas, los lavaderos, los pisos y las pilas de ropas.

Cuando eso tenía trece, al año siguiente su mamá consiguió una changa en Argentina y se fue por ocho meses, durante los cuales Cindy fungió de mamá de sus hermanitas de 6 y 10 años. Su papá nunca asumió nada. «Hace nueve años que no lo veo», me comenta sin resentimientos, casi con naturalidad.

Un día luego de reciclar toda la jornada vio en el mercado un cartel de inscripciones para Prodepa, un sistema oficial de educación para jóvenes y adultos que quieran reanudar sus estudios abandonados, en el mismo predio del Abasto. Para su favor, después se enteró de que en Villa Elisa también se desarrollaba el mismo plan de estudios por la noche, pero por lo menos más cerca de su casa. Asistió dos semanas, durante las cuales llevó con ellas a sus hermanas. Ellas jugaban con otras hijas de alumnas. Duró poco. Por las mañanas ellas tenían que estar a las 6 am en el colectivo, para alcanzar el desayuno gratis que se daba en la escuela del Mercado Cuatro, a donde iban. Cindy sacrificó sus estudios para privilegiar los de las dos niñas, no quiso que pasaran por lo que ella pasó. Incluso ya se había inscripto en las clases prácticas de informática, porque Prodepa enseña a sus alumnos algunos oficios.

Un año después se enteró de una buena noticia, el mismo programa se habilitó en el Abasto los sábados de siesta, de 1 a 3. «Ahí pude terminar mi noveno», rememora. La modalidad del plan de estudios citado es que sus alumnos cursen hasta tres grados por año. El año pasado, entusiasmada, se preparó para hacer el primero y segundo de la Media, siempre los sábados. «Yo me fui a inscribirme y retiré todos los libros ya, pero justo me salió un trabajo los sábados, y ya no me daba tiempo para llegar. Limpiaba un bar allí en el centro, desde las 6 de la mañana y hasta que termine. Cerca de las 3 ya llegaba a clases. Llegaba y ellos ya estaban desarrollando dos o tres temas. Entonces no fui más», me cuenta. Para este año se está preparando para inscribirse nuevamente.

Durante su niñez, en Iriarte ii, bajaba a la chacra del abuelo junto con éste, juntaban mandioca, maíz y poroto y rumbeaban al pueblo a mercar los productos con los colonos japoneses. «Cuando yo estaba en la escuela pensaba estudiar ingeniería en informática. Cuando me iba al pueblo con mi abuelo, me gustaba embelezarme por las computadoras del colegio de los hijos de japoneses, desde entonces me impresionó todo eso», confiesa.

–¿Hasta ahora tenés ese plan? ¿Cómo ves eso?
–Difícil es. Yo ahora trabajo así (levanta un cartón en la mano) le ayudo a mi mamá y la prioridad es que mis
hermanitas sigan sus estudios.

«Yo no descarto la posibilidad, pero es muy difícil ir a la universidad», dice y anuncia que su meta inmediata es terminar la secundaria. «Mis hermanitas empiezan a crecer y tienen más gastos. Yo no tengo drama de estudiar en lo que tenga oportunidad. Por sobre todo algo con salida laboral rápida, por ejemplo peluquería. Si yo estoy estudiando y tengo un problema económico, por ejemplo se enferma de vuelta mi hermanita o me enfermo yo, después tengo que venir más temprano a trabajar y hasta los sábados, en vez de estar estudiando». Dejar de estudiar para trabajar. Para comer.
«Pero me sigue atrayendo ingeniería en informática», dice.

Por suerte soñar y tratar de sobrevivir son aún compatibles: todavía no habrá quietud.

Comentarios

Publicá tu comentario

Este mensaje de error solo es visible para los administradores de WordPress

Error: Las solicitudes de API se están retrasando para esta cuenta. No se recuperarán nuevas entradas.

Inicia sesión como administrador y mira la página de configuración de Instagram Feed para obtener más detalles.