Asunción en invierno

Una mirada a la ciudad que decepciona y maravilla.

Asunción desde la terraza del IPS

«Desde el purgatorio». Fotografía de Alejandro Valdez

Ahora mismo Asunción es el mate que se enfría en las manos de los policías en la calle Pte. Franco; las compras que se anotan en las libretas de los almacenes en Barrio Obrero; las tarjetas de crédito que se exhiben en las mejores tiendas y los mensajes de texto que nunca llegan a destino.

En Asunción respira la gente que come de la basura, los artistas callejeros, los que adivinan el fututo, los porteros: todos tienen frío. En Asunción, ahora mismo, seguro el rostro del muñeco de Amancio Legal –el asesino más cruel del país–, luce más siniestro que nunca en el fondo del Museo de la Policía, en Cerro Cora esquina Brasil; todo lo contrario sucede con el traje de gorila que se expone de día en la esquina de Yegros y Azara –y que gracias al frío–, deja de parecer ridículo. Asunción es la ciudad de las citas que no se cumplen por la llovizna; así como de perros y gatos callejeros que se reúnen en un viejo sofá ubicado al costado del Puerto de Asunción.

Asunción es la espera bajo las goteras en las 196 paradas de buses, mal llamada “para peatones”. La capital es un lugar donde se puede comprar un bolso para mujer por más de un millón de guaraníes y donde hay un cinturón de pobreza de 200 mil personas que viven en la periferia. Allí reina el ruido –del hambre, la violencia, la falta de oportunidades, la muerte: la miseria es el ruido.

En la capital hay edificios deshabitados y 18 arroyos muertos; así como ascensores y maridos que ya no funcionan. Una ciudad que se incendió en 1543 y que tenía una calle que se llamaba Luna y que ahora se llama Venezuela; que no cuenta que en la década del treinta tenía un campo de prisioneros bolivianos en el Parque Caballero; un lugar donde una minoría lucha por no ver rejas en las plazas. Una batalla perdida –dicen–: por eso vale la pena.

Cuanto más frío haga en Asunción los maniquíes de las tiendas lucirán los mejores abrigos; mientras tanto, en las calles los niños andarán descalzos y en la Catedral Metropolitana un reloj de 128 años dará la hora a peatones que nunca miran el cielo. Asunción cumple 476 años y la visitan un millón de personas que no viven en ella. No hay baños públicos, ni senderos para bicicletas –todos  miran raro al que usa rastas–,  pero sobran los vehículos. Siete de cada diez personas que pisan suelo asunceno tiene menos de treinta años. Casi nadie canta: tus-naranjos-y-sus-flores…tu-recuerdo-sin-igual…

La ciudad nos decepciona, la ciudad nos maravilla: la ciudad.

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