Así es la guerra por la tierra

Por Julio Benegas

Solo el 6 por ciento de las tierras cultivables pertenece a las familias campesinas. El resto está usurpado por la ganadería intensiva y extensiva, las semillas transgénicas en el noreste, y ahora el arroz mecanizado avanza, en el Sur, contaminando arroyos, lagunas, humedales y manantiales con sus fumigaciones y desechos que envían a los ríos, por cauces naturales y artificiales. En ese 6% se produce el 60% de lo que comemos: maíz, poroto, hortalizas, mandiocas, poroto manteca.

Hoy, la mayoría de la gente en el campo le debe a financieras privadas que han visto en sus tierras una garantía para especular con ellas, venderlas a sojeros y arroceros, principalmente.

Más del 30 %de de nuestra población vive en el campo y solo el 2% de la población del país es propietario del 90 por ciento de las tierras.

El mundo campesino, con sus pequeños bosques, sus arroyos, sus humedales, sus azadas y sus bueyes, está en extinción.

Asistimos a la última etapa de destierro masivo para que esa otra forma de organización del capital, altamente mecanizada, que utiliza poquísima mano de obra y que procesa nada la materia prima, avance por los últimos rincones donde viven comunidades indígenas y campesinas.

Ese mundo, tal cual, no pasa ni podrá pasar de las herramientas feudales, como la azada y el machete, al manejo de las nuevas tecnologías. Estas se han concentrado en las grandes empresas de silos y tractores, y llanos inmensos de pasturas, lejos del antiguo mundo rural.

En ese mundo las rutas se hacen pensando en el transporte de sojas y ganados, la seguridad se organiza para defender a los colonos brasileros que actúan de infantería de grandes grupos de capitales como los Favero, los Zucolillo, los Cartes, en línea de acumulación que tiene a Montsanto, Cargill, Bunge, Syngenta a la cabeza.

A este modelo el gobierno, las corporaciones y sus grandes medios llaman progreso. Lo que es destierro, desahucio y mal vivir en las ciudades, es progreso, es desarrollo. Sus perifoneros se ponderan en foros y expos un supuesto crecimiento económico en el país, sus voceros hablan de la buena salud de las finanzas, de lo bueno que es endeudarse con la banca de Nueva York, alquilar por migajas a empresas extranjeras el predio de Radio Nacional o el Puerto de Villeta.

Como se trata de una avanzada territorial; es decir, sobre territorio que ocupan los campesinos, éstos aparecen como los malos de la película, los haraganes, los retrasados, los que no saben luego cómo manejar su dinero y su producción. Entonces, se les enseña educación financiera en módulos que favorecen la posibilidad de convertir en activo financiero sus tierras, como cualquier otro activo, como un auto o una moto.

El actual gobierno lleva adelante un programa que se denomina Sembrando oportunidades, negándose acordar con las asociaciones, con los comités de productores y con las organizaciones de base. Cada cual, cada familia campesina, debe vérselas solo y sola con el Estado, con las financieras, con el mundo. Así ya han logrado que la mayoría de los créditos se contrate con financieras privadas que saben que ellos no tienen capacidad de devolver la plata.

Saben y por eso le dan. Lo que quieren es justamente eso, que no puedan pagar para quedarse con sus tierras y vendérselas a los sojeros y a los –en el caso del noreste- narcoganaderos.

Por ahí va la cosa. «No sé si me entendés», he’i Ulises Silva en la popular canción «Soy paraguayo y qué».

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