Aquellas balas que no mataron las tardes de fútbol

Serie Terrorismo de Estado en Paraguay (Segunda entrega)

¿Cuál podría ser el peor resultado de un partido de fútbol? ¿Una derrota inmerecida; perder la final en los últimos minutos; o que militares irrumpan en el campo de juego realizando disparos?

Todos tenemos un partido memorable, pero en Arroyito, distrito ubicado al norte del país, también tienen uno tristemente célebre. Todos recuerdan particularmente el día en que sufrieron un violento atropello por parte de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC), mientras participaban de un torneo de fútbol.

El domingo 19 de enero del año 2014, un día caluroso más del incendiario verano paraguayo, Zacarías Díaz almorzó con su familia. En la tarde recargó con hielo su termo de tereré y, finalmente, caminó dos cuadras hasta la cancha de su barrio, ubicado en el Asentamiento 3.

Zacarías Díaz en la cancha 12 de abril.  Foto: Sandino Flecha

Al evento asistían alrededor de mil personas. Gritos de algarabía inundaban el recinto, alguna que otra talla hacia uno de los jugadores hacía estallar en carcajadas a ambos bandos.

Ya casi al final del partido, cuando los últimos rayos de sol iluminaban el césped y el resultado estaba prácticamente definido, tres hombres vestidos de civil —que, luego se supo, eran militares— irrumpieron a punta de arma y, de manera aleatoria, comenzaron a ordenar a las personas colocarse cuerpo a tierra.

«Noñesui chupekuéra lo mitã, ha upéva la ombopochyvéva chupekuéra» (la gente no se arrodilló y eso fue lo que más los enfureció), relata Zacarías.

El partido ya estaba interrumpido cuando se oyó el primer disparo. Vieron caer a un joven y, por unos segundos, todo quedó en silencio. A Zacarías, que en aquel entonces observaba lo que ocurría desde el otro extremo, sus años como dirigente le permitieron reconocer dos cosas en ese preciso momento: el rapado que llevaban esos rostros, completamente desconocidos para la comunidad, y la prepotencia característica en el actuar. No había duda de que eran militares.

La gente empezó a correr y se escucharon más disparos. Zacarías avanzó, abriéndose paso entre la multitud que intentaba escapar de la muerte, hacia el sitio donde se encontraban los intervinientes, con la resuelta intención de parar aquella operación marcada por la crueldad.

No tardaron en llegar dos camiones militares blindados que bloquearon los principales accesos a la cancha. Agentes de la FTC, estos sí con uniforme, bajaron de los móviles e incursionaron en el sitio ametralladoras en mano, alteando a todo el mundo, exigiendo inmovilidad a la gente.

El operativo en marcha estaba al mando del general Mario Restituto González, quien aquella tarde había llegado hasta el lugar acompañado del comisario Antonio Gamarra. Durante el procedimiento, al menos cien personas fueron retenidas sin que se supiese por qué elegían a unos y dejaban libres a otros. Mujeres, niños, adultos mayores, e incluso los jugadores y el árbitro, fueron obligados a acostarse boca abajo contra el césped de la cancha, donde minutos antes disfrutaban de un partido de fútbol.

Entre los detenidos también se encontraba el joven que al oírse el primer disparo había caído al piso. Los uniformados dijeron buscar a un integrante del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) que, según «información de inteligencia», se encontraba en el lugar. Argumentaron buscar a alguien que no nombraban ni describían, porque en realidad ni siquiera sabían exactamente de quién se trataba.

«¿Mávape la peheka?» (¿A quiénes buscan?); «¿Mba´ére la péicha pe actuá?» (¿Por qué actúan de esta manera?); «¿Moõ oime la orden fiscal?» (¿Dónde está la orden fiscal?); eran las preguntas con las que Zacarías y otros pobladores encararon a los militares. Ninguno supo qué responder.

Ante la presión social, los militares decidieron retirarse y abandonar aquel procedimiento a todas luces irregular. “Ápe ko ore rojekuaapa, ndaikatumo´ái la péichante omboja orerehe hikuái la ojantohava chupekuéra” (Acá nos conocemos todos, no van a poder acusarnos tan fácilmente de los que se les antoje), dice hoy Zacarías con firmeza.

La revancha
Arroyito es una comunidad campesina de lucha y resistencia. Fue la primera ocupación campesina posdictadura en el año 1989, lo cual fue siempre motivo de bandera y orgullo para sus pobladores.

Desde sus inicios, el trabajo en equipo, la honestidad y la cooperación les permitieron obtener importantes victorias sociales. Las 8.600 hectáreas de tierra donde hoy se asienta la comunidad fueron recuperadas de un latifundio improductivo.

Una vez más, como en sus momentos fundacionales, la respuesta de Arroyito al atropello fue colectiva. Organizaron una asamblea popular donde debatieron acerca de lo ocurrido, y llegaron a la conclusión de que aquello no era otra cosa más que un intento cabal de amedrentamiento, por parte de las fuerzas militares y policiales, para evitar los encuentros comunitarios.

Entonces decidieron salir a denunciar públicamente el actuar de la FTC, a través de las radios comunitarias y de las instituciones de derechos humanos y organismos del Estado. El general Ramón González, a raíz de estas acciones, no tuvo otra opción que retractarse y ofrecer disculpas públicas por el repudiable suceso, que no solo empaña el actuar de las fuerzas públicas con poder armado sino que también las confirma en el papel de verdugos de su propio pueblo.

Como todos los domingos
Zacarías recuerda que el siguiente fin de semana volvieron a la misma cancha a alentar con más fuerza, y lo siguieron haciendo en las jornadas posteriores de competencia y encuentro comunitario. Siete años después de aquel atropello, solo la actual pandemia logró detener los torneos de fútbol de los domingos.

El campo de juego se encuentra ahora con el pasto crecido, impracticable. Un frondoso mangal que se erige sobre la tierra roja sustituye a las graderías. Allí, bajo su sombra, las familias arroyitenses se ubican con su silla cable y un refrescante tereré a un lado, a disfrutar de los partidi que se organizan espontáneamente en el barrio. El fútbol es pasión de
cualquier género y edad. De hecho, los pobladores del Asentamiento 3 comentan que las mujeres y los niños son los más fanáticos del deporte.

Arroyito es un equipo que triunfa con la humildad combatiente de los grandes, es decir, de los que forjan su historia en el orgullo de erigir un lugar, un asentamiento para vivir sobre la tierra, trabajándola. En estos momentos, a pesar de encontrarse resistiendo a la crisis sanitaria, la militarización, el avance del agronegocio y el terrorismo de Estado, planean la conformación de la Liga Arroyitense de Fútbol, confiando plenamente en la fuerza de su equipo y recurriendo a la esperanza como táctica de juego en tiempos de crisis. Cuentan también con una escuela de fútbol a la que asisten alrededor de cien niños. La última vez que jugaron un torneo en Paso Barreto ganaron 3 a 1 y la alegría fue inmensa.

La cancha donde ocurrió aquel atropello de la FTC lleva por nombre «12 de Abril», la fecha del primer amanecer que los encontró en esas tierras con sus esperanzas de construir un futuro digno.

Ahora solo aguardan que pase la pandemia para volver a pisar el pasto y consagrar las tardes de domingo al fútbol, la gran pasión que los une.

 

Equipo de campo y redacción: Elisa Marecos, Sandino Flecha y Julio
Benegas
Corrección: Eulogio García y Blas Brítez

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