Aquel primero de agosto

Recordando la Tragedia del Ycua Bolaños. Para no olvidar y quemarnos en el olvido.

Aquel 1 de agosto, también se sintió la solidaridad de cientos de personas que se acercaron a brindar ayuda a las vícimas.

Es reconfortante levantarse un día de sol de invierno, prepararse un mate si la brisa de la mañana cobija el cuerpo con frescura primaveral o machucar el burrito, la verbena y la perdudilla para el tereré en esa disputa diaria con la resaca.

Ese domingo nada extraordinario advertía la radio y el calendario de Moisés Bertoni anunciaba buen clima. 20 grados a la mañana y unos 25 a la tarde ratificarían la sabiduría científica de aquel hombre que registrara para Occidente miles de especies de territorios ancestrales. Nuestra tradición campesina advertía, sin embargo, prevenir los malos vientos de agosto con caña, ruda y limón.

Lejos ya de ese mundo de arroyos, campos y montes, ese día había olvidado esos malos vientos, de cambios drásticos que dejan a nuestras criaturas más desprotegidas contra las afecciones pulmonares.

Aquel día, 1 de agosto de 2004, mi rutina estaba fatalmente determinada por el trabajo. Ciertas certezas y rutinas hacen bien – me dije entonces-, al sentir ese despertar afable entrelazado con una mujer de sueños crecientes de libertad.

Yo trabajaba en ABC y Silvana en Noticias. Noticias, en una de esas colinitas de Artigas, funcionaba por esos tiempos con un solo teléfono habilitado para todos los periodistas, sueldos que no se pagaban en fecha, seguro médico y jubilación que se descontaban de los trabajadores pero que eran desviados por la patronal en un impune vaciamiento empresarial de la familia Bo…

Nicanor Duarte Frutos ya había improvisado una boina del Che en Marquetalia para atenazar al movimiento sin techo y empezaba a desenfundar su política de amplia represión contra el movimiento campesino hasta engrillarlo con miles de procesos judiciales por las ocupaciones, cortes de ruta y otras manifestaciones del sector.

Miles de paraguayos se agolpaban en Identificaciones en busca de un documento internacional de pobreza que los acompañara en ese eterno peregrinar en busca de pan para la familia, esa vez por las tierras de Paco de Lucía y Miguel Hernández. Tiempos modernos, de hollín y desahucio de nuestra gente del campo por tierras malurbanizadas de grave humor e infeliz melancolía. Tiempos de masas urbanas agolpadas en grandes mercados de cemento, en shopines y patios de comida. La globalización neoliberal sentaba sus profundas bases en una sociedad que despertaba de su letargo rural a fuerza de un modelo que había definido que la máquina, los venenos y las vacas en las estancias eran más importantes que la vida de la gente, de los arroyos y de los bosques. “En los montes ya no hay miel”, nos cuenta esa desoladora crónica musical de Cristian Silva sobre los páramos de soja en su obra primera.

Aquel 1 de agosto (cómo olvidar lo que profundamente estremece y nos recuerda nuestra esencia huérfana de toda certeza), las cajeras de los supermercados no pudieron disfrutar el aire reconfortante. En el Ycua Bolaños, de la calle Artigas, cintura de pobreza ribereña y barrios populares antiguos en Asunción, “las cajeras, uncidas al capital”, en sus “puestos se murieron por orden del mandamás, patrón muy vigilante hokê ombotypa”*, nos cuenta el compuesto de Moncho Azuaga con música de Claudia, Amarillito, Miranda.

Aquel 1 de agosto, en uno de esos centros donde “todo hay”, el Ycua Bolaños, 400 personas, “en el fuego llameante por el lujo incesante, okai ha omanomba”**. Tremenda lección, en carnes chamuscadas, nos indicaba el camino sin escalas al infierno por el egoísmo estúpido y genocida de la acumulación. Tremenda lección. “Anike lo mitã ñanderesarai ha tesaraipe jakai”***, nos pide Moncho y esa voz imprescindible de Claudia. Que así sea.

* Cerró todas las puertas.

** Se quemaron y murieron todas.

*** No sea compañeros que vayamos a olvidar y en el olvido nos quememos.


Comentarios

Publicá tu comentario