Aquel domingo de Dolores

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Juanjo Ivaldi Zaldívar

 

Ese domingo 1 de agosto, Dolores Jara se levantó de la cama sin apuros, se cepilló los dientes, tomó ducha caliente, ordenó la pieza, limpió la ropa del bebé y preparó su café con leche. Miró a Laura, dormida plácidamente en la cuna. Envuelta en una frazada de lana, la cabecita engorrada dejaba ver  la nariz reciente, los pómulos rojos y el labio rosado. Dolores secaba a cada rato los pezones, chorreaban leche. Se abrigó con la chaqueta de lana tejida a mano, regalo de su tía de Buenos Aires. Aprovechó el sueño de Laura para acomodar la mesita de luz, el roperito, sacar brillo a la cocina de dos hornallas y limpiar a fondo el baño. Se miró en el espejo sin atender detalles en los párpados hinchados, en el pelo abultado y unas ojeras pronunciadas. Vivía en la pieza de un inquilinato en galería: una pieza al lado de otra. Era un buen día también para colgar las ropitas de Laura al sol, con algún tema de Los ángeles negros ambientando la tarea.

Por esos días el mundo de Dolores era el mundo Laura. En ese mundo leche, en ese mundo pañales, en ese mundo ojos de mi vida, orejitas de mi vida, carita de ángel, todas las estaciones de su vida se habían fundido en el olvido. Nada le recordaba a su niñez de deslomarse,  desde las 5.30, sobre el trapo de repasar el baño, la sala, los corredores, la cocina y las alcobas de sus patrones, en Sajonia, a cambio de comida y la escuela. El olvido se había hecho cargo también de los abusos de su padrastro, a los doce años, en la casa de su madre, en Lima, San Pedro. Esos recuerdos del padrastro reduciendo a los 12 hijos y a su madre con arreador encontrarían un punto de fuga en Buenos Aires, en la casa de su tía.

“Es hora de ir al súper”, se dijo. Despertó a Laura, la abrigó con un osito blanco de lana, un gorro rosado y la calzó con medias gruesas y un zapato de cuerina. Un tono rosado y blanco florecía en ese cuerpecito tierno, rojizo y lechoso.

_B1C5160Cruzaron el patio, tomado a esas horas por las criaturas del inquilinato. Siguieron el camino corto, empedrado, bordearon Artigas y se metieron en el supermercado Ycua Bolaños. La avenida Artigas soportaba un tráfico relajado y el aire de invierno había limpiado el escenario citadino de tanto hollín. En el corazón de Trinidad, en el 2001, el Ycua Bolaños había levantado su patio de comidas, su estacionamiento en el subsuelo, su panadería, confitería, sus cocinas, su ropería, con ofertas y precios para clases populares y clases medias, dejando a las antiguas despensas, panaderías, comedores y tiendas del barrio sin posibilidad de competencia.

Antes de salir del inquilinato, la vecina le dijo a Dolores: “dejale a Laura, yo la cuido. Este aire fresco no le viene bien a un bebé”.

“Gracias”, respondió, con acento cadencioso, apagado, casi inaudible, mientras acomodaba el gorro hasta las cejas de la criatura. Separarse de su bebé era para Dolores algo impensable.

En ese mundo Laura, Dolores se dirigió directo al objetivo: los pañales, la milanesa y la ensalada. Por el camino rescató un yogurt y lo tiró al canasto. Nada más. En ese mundo túnel a nadie distinguió, con nadie se saludó. El enjambre humano en las góndolas, la carnicería, la panadería y el patio de comidas era parte de una ambientación intrascendente. Aunque tomada, como todas las madres recientes, de la aprensión, nada indicaba temor fundado alguno: había bautizado a su bebé aquella noche fría del 12 de junio, Laura tomaba leche a borbotones y ella, Dolores, con la ayuda de su pareja, se dedicaba únicamente a Laura. Fuera de las náuseas comunes, el embarazo había recorrido un sendero distendido hasta el parto, en el Hospital Número 4 de Trinidad. Antes de ingresar en el supermercado, Dolores entró en la cabina de teléfono, levantó el tubo y se comunicó con su pareja. Le reportó que la beba estaba bien y que ese domingo pasarían el día en el inquilinato.

Era un buen día para sacar a la beba al patio. A sus 32 años, el pelo negro y voluminoso abrigaba en Dolores un rostro de hoyuelos y lunares, pómulos y el mentón carnosos. Sus ojos brillaban con luz de primavera. Dolores era, finalmente, plena en su consagración maternal.

En la canasta estaban todas las cosas imprescindibles para ese día: pañales y algo de comer.

Qué más. Nada más. En la fila le cedieron lugares para llegar a la caja. Ella, con Laura en un brazo y el canasto en otro, no se percató de la intensa luz del sol que atravesaba esas paredes de vidrio macizo, ridiculizando las luces de neón del supermercado. En la última caja, cerca de la escalera, frente a la cajera, a punto ya de salir del super, de volver a su pieza con Laura, a punto de amamantarla, de acunarla, de acariciar su carita ángel, sintió un estruendo.  Al girar la cabeza, una gigantesca bola de fuego atravesó el escenario. Dolores tiró el canasto, se aferró a su bebé y corrió hacia la puerta. En las escaleras quedaron atrapadas. Ya no sintió el alarido, los gemidos, los apretujones, las pisadas de ese enjambre intentando llegar a la puerta, cerrada, bloqueada. Todo quedó a oscuras. Sellada a Laura, resistió todo. Aun desvanecida, con los pulmones llenos de humo, se aferró  a ese ser al que prometió consagración total para que “no sufras como he sufrido yo, mi hijita”. Para que no termine de criada limpiando piezas de los patrones ni tenga que aguantarse abusos de padrastros. Para que nada “te falte, mi hija”.

_B1C5248Dolores ya no sintió los cuerpos gateando, apagándose, calcinándose. Dolores y Laura fueron de las primeras en ser auxiliadas por los bomberos. Esa bola de fuego que arrasó el escenario no las alcanzó en su esplendor si no en su vómito de humo. Cuando los bomberos las sacaron, Dolores seguía desvanecida y el pulmón de la beba disputaba contra el humo sus últimos golpes de aire. Laura no aguantó el trayecto al hospital. En vano intentaron reavivarla. Cuando Dolores despertó entre tanta gente malherida, con olor aún a quemado, preguntó por Laura. Allí, en ese tiempo, le nació esa tristeza indescriptible que se expresa en la mirada, en el habla, en todo el cuerpo.

Dolores Jara guarda en su habitación la cuna. La sala de la casa, en Mariano Roque Alonso, pintada en un verde suave,  casi amarillento, alberga un vacío inmenso: ni una sola flor, ni una mesita de luz ni un cuadro en la pared. Solo una lamparita corrugada cuelga, casi imperceptible, en una de las esquinas.

Ha intentado tener hijos. No pudo, no puede. Todo en el cuerpo parece estar bien, pero ese aire de tristeza se ha metido en el vientre y se refleja con tanta inmensidad en los ojos, una intensidad como la luz de sol del 1 de agosto de 2004 o esa bola gigante de fuego que segó la vida de 396 personas y dejó a Dolores en un duelo inapelable. El futuro prometido de tener todo en un mismo lugar había llegado. El 1 de agosto, el monasterio de la modernidad, con una bola gigantesca de fuego que inició en las cocinas, mostró que ese futuro prometido también venía con guadañas de muerte y desolación.

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