Apretando el acelerador

¿Qué está pasando en Paraguay? Muchas personas de seguro hacen esta pregunta en otros países, curiosos de lo que sucede en un pequeño país donde hubo un golpe de estado, novedosa y prolijamente ejecutado. Dentro de nuestro país, quizá por la vertiginosa dinámica política-electoral en la que estamos inmersos, no nos estemos haciendo del tiempo necesario para pensar e intentar comprender qué está pasando en nuestro país.

Y la verdad es que están pasando muchas cosas, son varios los procesos en desarrollo y los cambios positivos y negativos que se están dando, y no es tarea fácil observarlos y valorarlos en su real dimensión. El 2012 ha pasado dejando heridas, golpes, tensiones, reagrupamientos y aprendizajes, abriendo un escenario complejo cargado de incertidumbres. Curuguaty, golpe parlamentario, tensionamiento entre golpistas y antigolpistas, gobierno liberal, crisis en el campo de la izquierda, fortalecimiento de candidaturas oligárquicas, copamiento de campañas electorales, han sido facetas de este tormentoso proceso político en el que estamos sumergidos como sociedad.

Pero están pasando más cosas. El golpe político conservador del 2012 también fue un golpe preciso en el ámbito económico. El modelo económico vigente en el país desde hace muchas décadas, extractivista y agroexportador, no fue modificado bajo el gobierno de Lugo, no fue afectado en sus bases y estructura. Pero tampoco ese modelo lograba profundizarse y expandirse en el país a la velocidad que las transnacionales, empresarios, terratenientes y grandes productores esperaban y exigían. Había una tímida resistencia del gobierno de Lugo a la onda expansiva de los agronegocios y otras actividades extractivas.

Sin dudas faltó mayor decisión y visión para frenarlo y debilitarlo. Pero no es lo mismo en el Senave un Miguel Lovera que un Jaime Ayala, habilitando variedades transgéncias a diestra y siniestra; no es lo mismo en el Indert un Marciano Barreto que un Luis Ortigoza, suspendiendo los intentos de mensuras judiciales sobre tierras irregulares; no es lo mismo en Hacienda un Dionisio Borda que un Ferreira Brusquetti, endeudando atolondradamente a nuestro país con financistas privados y obturando la posibilidad de crear o incrementar algunos impuestos.

Con el golpe de estado que posicionó a Federico Franco como presidente del país, han logrado apretar el acelerador en la autopista del extractivismo neoliberal, para satisfacción y regocijo de los actores del modelo agroexportador. Una vez posicionados en el poder, solo necesitaron de unas semanas, unos pocos meses, para duplicar o triplicar la velocidad de expansión de las actividades extractivas fundadas en la explotación intensiva de los recursos naturales.

La autopista extractivista en Paraguay actualmente tiene tres carriles: la agricultura industrial, la ganadería y la minería. Para desgracia de las poblaciones campesinas e indígenas, las tres actividades se sustentan en la explotación de la tierra. Para explotar la tierra, primero hay que poseerla, y para esto, previamente hay que desposeer a quienes viven en ellas pero no la explotan en la lógica capitalista. La histórica lucha por la tierra en Paraguay se profundiza y se está volviendo cada vez más brutal, como atestiguan los muertos en Curuguaty y los campesinos posteriormente asesinados, Sixto Pérez, Vidal Vega y Benjamín Lezcano.

La derecha ha pisado fuertemente el acelerador. En tan solo ocho meses de gobierno franquista nuestro país ha pasado de tener una semilla transgénica habilitada a tener ocho: a la soja resistente a glifosato liberada en el 2004 se sumaron dos variedades de algodón transgénico, cuatro tipos de maíz transgénico y una nueva variedad de soja. Monsanto, Bayer, Dow, Syngenta y los grandes productores sonríen y se frotan los bolsillos. Para no perder tiempo, el Senave y la Seam derogaron resoluciones que permitían cierta protección a las comunidades rurales, y el Indert ofreció tranquilidad a los “productores”, pues sus títulos de propiedad no serán cuestionados. En este carril, el objetivo es explícito: en el mediano plazo, duplicar la superficie de cultivos mecanizados, es decir, pasar de las actuales 3 millones a 6 millones de hectáreas.

Por su lado la ganadería intenta ganar espacio desmontando grandes extensiones de tierras en el Chaco, estimulada por la exportación de carne que es cada vez más rentable. Las tierras de esta región son publicitadas y ofrecidas a ganaderos paraguayos, brasileños y uruguayos como una mina de oro, y las inversiones hacia el sector llegan de forma creciente. Solo en el 2012 se deforestaron en el Chaco paraguayo 306.827 hectáreas, lo que representa 25 veces la superficie de Asunción. En este segundo carril, el objetivo es pasar del actual hato ganadero de 15 millones de cabezas a 20 millones en los próximos años.

A estos dos carriles se ha sumado un tercero, no tradicional en el país, el de la explotación de minerales o hidrocarburos. El agotamiento progresivo de grandes yacimientos minerales en el mundo actual ha hecho que la explotación de yacimientos más pequeños sean rentables. Los permisos para prospección, exploración y explotación del territorio nacional han aumentado rápidamente. Hay casi 80 empresas en estas tareas. Los proyectos en curso apuntan al oro, titanio, uranio, cobre, gas y petróleo en diversos lugares del Chaco, Guairá, Canindeyú, Caaguazú, Caazapá y Alto Paraná. A esto se suma el megaproyecto de Rio Tinto Alcán para la elaboración de aluminio a partir de nuestra energía eléctrica.

Con el golpe parlamentario la derecha política y económica ha logrado impulsar la profundización radical del extractivismo en el Paraguay. Ese es su proyecto histórico, su proyecto de país, independientemente a quién gane las próximas elecciones. Es el papel que los grandes capitales transnacionales han asignado a nuestro país en el mundo globalizado: proveedor de materias primas fundadas en la explotación de la naturaleza.

Lo que esto signifique para nuestra población, les tiene sin cuidado. En esta dirección, donde todas las actividades son intensivas en explotar la tierra, el agua, el subsuelo y la energía, la generación de empleos es algo casi anecdótico y poco significativo. Migración, precarización y creciente desigualdad dibujan el horizonte. Ante la brutal disputa por la tierra que se avisora en los próximos años, y con el Estado manejado por la derecha golpista, no puedo evitar preguntarme ¿quedará espacio para los campesinos, campesinas e indígenas en el campo paraguayo?

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