Akã pa’ãme

Esta expresión en guaraní («estar con la cabeza trancada» o «entrar en confusión») retrata la complejidad en la que están metidos los partidos de izquierdas y las organizaciones sociales al pisar con un pie en el gobierno de Fernando Lugo, y con el otro en los movimientos sociales. Una situación bicéfala que les obligará a pensar desde dos perspectivas diferentes y contrapuestas, con el serio riesgo de confundirse.

Analicémosla como una realidad dada, que plantea problemas y exige soluciones políticas, y no la condenemos moralmente, porque en las cuestiones de poder reinan las relaciones de utilidad y la co-relación de fuerzas, de acuerdo, claro está, a los intereses económicos y políticos de las partes.

El futuro abordaje de la reforma agraria explica bien el peligro del Akã pa’ã. En un país donde 24 millones de hectáreas de tierras son explotadas por los ganaderos y casi 3 millones de hectáreas por los sojeros, con astronómicas ganancias, no puede haber distribución de tierra ni cambio de modelo de producción (el agroexportador) sin una respetable fuerza que se oponga a aquellos intereses. No es de adivinos adelantar que el gobierno de Lugo buscará negociar apaciblemente con aquellos sectores de poder real para evitar que lo acorralen. Buscará migajas que caigan de la mesa de los señores feudales e intentará persuadir a los movimientos sociales para que se contenten con lo que caiga ¿Cuál será la línea de acción de las organizaciones campesinas vinculadas al gobierno respecto de la lucha por la tierra?

Y así, como ocurrirá con la reforma agraria, el paœå se presentará en todos los frentes de lucha de los movimientos sociales.

Lugo se moverá en un complicado escenario porque en las relaciones de poder se hace lo que se puede, no lo que se quiere; y el margen que los sectores de poder real dejarán al ex obispo para que tome medidas antioligárquicas es más estrecho que el cause de un arroyo moribundo. El nuevo gobierno recurrirá a liberales, colorados y oviedistas para tener gobernabilidad, tres partidos que históricamente administraron los intereses oligárquicos. O sea que el nuevo jefe del Ejecutivo repartirá hostias a los hambrientos fieles que están a su izquierda caminando sobre un finísimo hilo con la garrocha apoyada sobre su derecha. Si repartiera más de lo previsto, le sacarán la garrocha.

El riesgo que asumen las dirigencias de izquierdas al entrar en esta cueva de derechas es claro: seguir la línea gubernamental, delineada por los poderes oligárquicos captores del gobierno de Lugo, llevará a una paralización política de los movimientos sociales y debilitará las posibilidades de cambio real. El desafío también es evidente: unificar fuerza y dirección que les permita autonomía y posición crítica permanente ante el gobierno de Lugo, y saltar del barco si apeligran sus intereses estratégicos.

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