¿Aguantará el ejército?

El militar paraguayo «carece de capacidad para desempeñar el papel de policía en el control de la seguridad pública, que le ha asignado el Presidente Horacio Cartes, en una decisión complicada, que nada bueno presagia para nadie».

Militares en Tacuatí. Foto: Serpaj.

El militar paraguayo, como todos en esa profesión en el mundo, está formado para matar y morir, además de reprimir poblaciones en gran escala, obedeciendo siempre a la orden superior, pero carece de capacidad para desempeñar el papel de policía en el control de la seguridad pública, que le ha asignado el Presidente Horacio Cartes, en una decisión complicada, que nada bueno presagia para nadie.

Cientos de soldados y sus superiores, se están instalando desde hace una semana en tres departamentos del este-norte del país, desbordados por el narcotráfico y el contrabando múltiple, con la misión de terminar, no con esos males, sino con el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), un emblema llamado guerrilla revolucionaria por la prensa derechista, por el grueso del mundillo más cavernario del país, y por parte de la ciudadanía malinformada, sin que nadie pueda presentar pruebas contundentes acerca del carácter ideológico y los objetivos de tal organización, si es que ella existe.

Por el momento, la sigla EPP alimenta a los sectores más retrógrados del país alistados  en la campaña mundial que dirige Estados Unidos contra toda manifestación individual y colectiva de contenido democrático, progresista, emancipador, empeñado en impedir la integración de gobiernos y pueblos para mejor someterlos, en asociación con las oligarquías vernáculas, las cuales, como siempre, utilizan a los uniformados como escudo, con el beneplácito de jerarcas movidos por cálculos mezquinos.

Cartes ordenó la sustitución de la policía por el ejército y el cambio se ha hecho sin ningún tipo de alteración institucional aparente, pero observando más a fondo es posible encontrar elementos disonantes, debido a que la cúpula del primer organismo se siente humillada y, aunque no lo pueda decir públicamente, considera que ese piso le pertenece por antigüedad y oficio, facultada mejor que nadie porque maneja un importante capital de vínculos muy estrechos y comprometidos con los cabecillas del narcotráfico y el contrabando de armas, vehículos, personas e infinidad de otras mercaderías. Numerosos oficiales han sido denunciados por asociación ilícita.

En cambio, la soldadesca, formada para otras misiones, llega sin experiencia a ese terreno, carente de la gimnasia necesaria y, aunque formalmente tenga la delantera en la decisión de las operaciones, siente sobre sí la presencia baquiana de la policía, cuya comandancia fue otorgada días atrás por Cartes al Comisario General Antonio Gamarra, hombre de oscuros antecedentes en la institución, en la que lleva muchos años, y quien difícilmente aceptará subordinarse a un oficial castrense, ni éste a él.

Además de esa contradicción que debilita la autonomía militar sobre el terreno,  provocando malestar entre su oficialidad, otro problema que se presenta al Presidente es el riesgo de fracaso en la eliminación del  EPP y en el cumplimiento de instalar un clima de seguridad para la población rural en sus diferentes componentes, en particular las familias marginadas, sin tierra, humilladas y hambreadas, y sin excluir al grueso de los influyentes productores que exigen tranquilidad para sus negocios.

La eventualidad del fracaso abre, entonces, la hipótesis de que si, a pocas semanas, se vislumbrara un descrédito para la jerarquía castrense, mayoría cercana a su jubilación y habituada a una existencia desactivada, nada garantiza que acepte continuar alejada del confort de sus cuarteles, aunque ello suene a insubordinación y pueda generar sobresaltos en el quehacer político nacional, al punto que hasta la juguetona figura del boomerang podría aparecer en un tiempo no muy lejano.

Cartes es Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, pero hasta ahora no del Estado, a tal punto que el Fiscal General, Javier Díaz Verón, apunta que todo operativo que se ordene en esa zona en conflicto, deberá llevar la fiscalía al frente.

De ello se desprende una serie de interrogantes: ¿Los jefes militares estarían subordinados, a pesar de la decisión del parlamento y la autorización del Presidente?. ¿Aceptará esa situación el Ejército?. ¿El mandatario se vería forzado a negociar, incluso con los partidos políticos?. ¿Qué decisión tomarán los expertos norteamericanos, colombianos e israelíes que han sido contratados para combatir el narcotráfico y la guerrilla terrorista?.  ¿Aceptarán el fracaso o intentarán intensificar la criminalización, reeditando las tiranías de hace tres décadas, sustentadas por Estados Unidos?.

La subjetividad que está en juego entre la mayoría del pueblo, quizás permanecerá en las próximas semanas en ese espacio semioscuro del sentir humano, velada por los movimientos inaugurales y muy mediatizados de la actividad internacional de Cartes, que comenzó este jueves con el viaje a Surinam para participar en la asamblea de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), a la que Paraguay retorna después de haber sido suspendido como socio del MERCOSUR, a consecuencia del Golpe de Estado del 22 de junio del 2012, contra el gobierno democrático de Fernando Lugo.

Pensada o no, decidida a ex profeso o no, la agenda presidencial, que enumera varios desplazamientos al extranjero para septiembre, podría cumplir la tarea de distraer o disminuir la presión de los conflictos internos, del gremio docente, movilizado desde hace dos meses, el de salud y del campesinado cada día más empobrecido y ahora reprimido en los primeros actos de una peligrosa escalada contra las ideas socialistas y de solidaridad bolivariana, cuyo fin es atemorizar a los luchadores sociales bajo el pretexto del terrorismo que encarnaría el EPP, aunque éste podría ser solo un instrumento de las mafias fronterizas, en un juego macabro de los superpoderes.

Cartes, ante la acefalia política nacional, y vista su temeridad, nada sorprendería que, además del título de empresario y Presidente de Gobierno, quiera subir otro escalón y graduarse de Tendotá, o Jefe de Estado Todopoderoso, al estilo de su admirado General Alfredo Stroessner, empujando un plan cuya aplicación lo llevaría a ignorar el carácter parlamentarista de la Constitución vigente y las potestades de varias instituciones del poder republicano.

Ese anhelo, que traslucen algunas medidas tomadas en sus primeros días de mandato, asumido el jueves 15, junto a varios enunciados de impopulares intenciones, está tomando cuerpo y alimenta diversas hipótesis acerca del desarrollo práctico que podría protagonizar en los cinco años del mandato por el cual fue electo el pasado 21 de abril, en representación del Partido Colorado. Claro, no se excluyen imprevistos.

Acostumbrado a los riesgos, incursionando desde muy joven en actividades complicadas,  que años atrás lo llevaron a banquillos de tribunales de investigación de delitos económicos en su país y en Brasil, Cartes ha tenido, escrúpulos aparte, la habilidad de convertir esos tropiezos en una escuela y hoy goza de las mieles de esos triunfos misteriosos y asombrosos que permiten que  una  minoría de personas, en el mundo,  acumulen fortunas inmensas en cortos periodos de su vida.

Empeño, audacia y temeridad, sin dudas, para llegar a conducir con rentabilidad a más de veinte empresas bancarias, agropecuarias, de bebidas, etc, éxito que parece haber convencido a Cartes de que nació predestinado para ascender constantemente en todo emprendimiento, como el de gerenciar fácilmente un país con 6 a 7 millones de habitantes, más de un millón emigrado, con la más desigual tenencia de la tierra de Suramérica, y con el 40 por ciento de la población en la pobreza y la mitad en la miseria total, alto analfabetismo e importante porcentaje de mortalidad infantil.

Frente a esa penosa realidad, Cartes ha llegado a su nueva función sin presentar a la ciudadanía ningún proyecto alentador en la corrección de esos males sociales y, más bien, transita por el viejo método de respaldarse en los aparatos represivos y en el tejido corrupto de la partidocracia, huérfana de la creatividad e innovación estructural que el país reclama a gritos, y de un parlamento venal e inepto, dando espalda a la contribución que podría aportar el pueblo en ideas e iniciativas de progreso.

A Cartes no se le conoce ninguna iniciativa para reordenar las funciones y el personal del paquidérmico Estado, quizás porque es el mayor empleador del país y la principal clientela electoral, consecuencia del prebendarismo sistémico de los Partidos Colorado y Liberal, con 270 mil personas en planillas, que cuestan 250 millones de dólares por mes en salario, aunque la mayoría no sirve a la sociedad sino a los grupos de poder financiero, donde se superponen las instituciones públicas y su ineficacia.

Sin embargo, redireccionarlo no sería muy difícil para un buen administrador, dado los enormes recursos naturales que posee en sus 400 mil kilómetros cuadrados de superficie, poco poblado, con buena tierra, agua dulce abundante y variedad de metales, y que produce gran cantidad de alimentos para la exportación, en particular soja y carne, con una deuda externa para nada asfixiante y el doble de reservas en divisas, aunque la FAO denuncie que hay un millón y cuarto de niños desnutridos.

Paraguay es difícil de explicar racional y culturalmente porque el origen del grueso de su población multilingüe arrastra desde hace más de un siglo el complejo no asumido de tener origen indígena,  raíz despreciada permanentemente por la creciente y alienada clase media y la oligarquía inculta, dificultando una definición rigurosa del ser nacional, cuya construcción viene siendo obstaculizada desde la destrucción de la República Soberana, en 1870, y que sólo la movilización consciente y organizada de su pueblo podrá recuperar, para garantizar el bienestar, la independencia y la integración.

 

 

 

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