Ágora, la inversión del mundo

Historia y cine: cuando el cristianismo tomó el poder a sangre y fuego.

En la película, Hipatia es hija del director de la escuela de Alejandria, donde enseñaba. Los datos históricos afirman que impartía sus clases en su casa. Fotograma de la película.

@SebasOcampos

Por vez primera en la historia cinematográfica se trata el tema fundamental de la asunción al poder del cristianismo, llevado a cabo durante finales del siglo IV e inicios del siglo V, en la ciudad de Alejandría. El director Alejandro Amenábar (reconocido por sus cuatros películas anteriores: Tesis, Abre los ojos, Los otros y Mar adentro) muestra en su filme hiperrealista la historia de la filósofa y astrónoma Hipatia en medio del avance imparable al poder absoluto, por medio de la intolerancia, la violencia y la muerte, del cristianismo representado por sus líderes religiosos y los parabolanos, autodenominados soldados de dios.

El inicio del fin de una era

La primera parte de la película inicia con la imagen de la Tierra vista desde el espacio y las palabras donde se explica que a finales del siglo IV el imperio romano empezaba a derrumbarse y que Alejandría, en la provincia de Egipto, poseía el legendario faro –una de las siete maravillas del mundo– y la biblioteca más grande del orbe, reconocida por ser un símbolo cultural y religioso, donde coexistían los paganos, los judíos y, desde esos últimos años, los cristianos. Esa civilización estable, en el juicio de un crítico, estaba a punto de ser engullida por el fanatismo.

Mientras Hipatia enseña a sus discípulos a ser hermanos, con más características en común entre unos y otros, en las calles, en el ágora, el cristianismo, encabezado por Amonio, el monje parabolano, incita la burla, la intolerancia, la violencia y la muerte de las personas con pensamientos y creencias diferentes. Esto repercute en una batalla donde los cristianos, ya mayoritarios, avanzan hasta sitiar la biblioteca. Luego, desde Roma, el Emperador cristiano Flavius Theodosius Augustus (Teodosio I el grande), expulsa a los moradores, legitimando a sus correligionarios.

Ante semejante respuesta imperial, Hipatia y Teón, su padre, solicitan ayuda a todos los discípulos y los esclavos para salvar la mayor cantidad de libros posibles, pues saben que los mismos serán destruidos, quemados, apenas entren los fanáticos. Amenábar, al mostrar esa escena de destrucción hace que la cámara se voltee, explicitando la inversión del mundo, con el consecuente retroceso absurdo de milenios de la humanidad, en cuanto a conocimientos y tolerancia de la diversidad.

Amonio era un predicador fundamentalista de la época, que participó de matanzas de judios y paganos. Fue santificado por la Iglesia. Fotograma de la película.

“Es cuestión de tiempo”

Al inicio de la segunda parte, del mismo modo que en la primera, se explica que tras la toma de la biblioteca muchos paganos se convirtieron al cristianismo con el fin de no ser exiliados o asesinados, viviéndose así un breve periodo de paz, con Hipatia enseñando e investigando en su casa y sus discípulos ocupando puestos importantes en la élite social. Por su parte, los monjes parabolanos se encargaban de rondar las calles para vigilar la moral cristina, ya sólo enturbiada por la presencia de los judíos.

En ese tiempo, el obispo Teófilo de Alejandría fallece y Cirilo toma el anillo de su mano, convirtiéndose en el nuevo líder espiritual de los cristianos en esa región. Su ambición de poder absoluto se demuestra con el apedreamiento y el asesinato de los judíos y la imposición de convertir en cristianos a los miembros del gobierno. Durante uno de los encuentros en el palacio de la prefectura, Hipatia hace frente a un concejal cristiano, cuando lo escucha afirmar: “Es cuestión de tiempo” la conversión de todos al cristianismo, sin misericordia con quienes se nieguen. Cirilo, el obispo, obliga al prefecto Orestes –exdiscípulo, amigo y protector enamorado de Hipatia– a obedecer la palabra de dios, en especial un pasaje donde se ubica a la mujer como un ser sumiso que por ningún motivo debe enseñar ni tener autoridad sobre un hombre.

Hipatia, al verse obligada por Orestes y Sinesio –obispo de Cirene y exdiscípulo y amigo de la filósofa y astrónoma– a bautizarse en la plaza pública, responde que ella debe dudar de las creencias y continuar firme en su investigación. Orestes, antes de despedirse, le ruega que se mantenga a su lado, pues de otra manera él no podría ganar la guerra que se iniciará contra Cirilo y sus seguidores. Ella, en ese momento, lo mira y afirma: “Pero si Cirilo ya ha ganado”, adelantándose a lo que ocurriría en semanas, con Orestes desaparecido por siempre y Cirilo tomando el poder de Alejandría. Mientras tanto, en las calles los parabolanos buscan a Hipatia para ejecutarla, luego de acusarla de impiadosa y bruja. Al final, la encuentran y llevan a la exbiblioteca para desnudarla, apedrearla, mutilarla y arrastrarla por las calles, quemando sus restos al final. En medio de todo eso, Davos –exesclavo enamorado de Hipatia, convertido al cristianismo– aprovecha un momento de descuido de los parabolanos y, después de mirarla con ojos rebosantes de arrepentimiento y amor, le cubre la boca y la nariz con la mano hasta que ella, al quedarse sin aire, cierra los párpados por última vez.

El mayor logro de la película

El mayor logro de la obra –por encima de la excelente ambientación de Alejandría, la muy buena actuación de Rachel Weisz, la extraordinaria fotografía, el correcto vestuario; y dejando de lado la falta de fluidez del guión y la escasa carga emocional de los personajes– es tratar un tema fundamental en la historia de la humanidad, mantenida en el desconocimiento público a fuerza, como si el ascenso del cristianismo al poder y su imposición en el mundo entero fuese intratable, hasta el punto de que esta película se encontró con incontables problemas para ser distribuida en varios países e incluso fue prohibida en algunos por “insultar a la religión”, demostrando así la temible y terrible actualidad de la historia tratada excepcionalmente por el cineasta Alejandro Amenábar.

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