Acto de desafío

“Opoko inambíre” es una frase popular que describe con precisión el acto de provocación de una persona a otra para el “mokéte” callejero. Desde esta figura también puede entenderse el reciente crimen del periodista Pablo Medina, cometido por narcotraficantes.

Medina recibía amenazas de muerte de la delincuencia organizada de Curuguaty desde hacía 15 años, a causa de sus publicaciones periodísticas en el diario Abc color. Fueron en realidad intentos de amedrentamiento para que el miedo lo obligara a renunciar a sus denuncias periodísticas. Pero el miedo no se apoderó de Pablo, porque, sobre todo, confiaba en el poder del medio donde trabajaba.

Su confianza estaba sustentada en la realidad: Abc color es el medio impreso de mayor venta y de mayor influencia en la oligarquía paraguaya y en el Estado paraguayo; es también propiedad del acaudalado empresario que mejor ha interpretado y defendido los intereses de esa oligarquía agro ganadera. Guste o no, las publicaciones de Abc han tumbado a ministros, jueces, legisladores y altos funcionarios estatales. Guste o no, sus páginas sirven de libreto de actos y discursos para políticos y funcionarios gubernamentales, al punto de convertirse, muchas veces, aquel libreto en obra cómica, por el temor que el medio genera en los protagonistas de la obra. Y es que el temor de los políticos de los partidos tradicionales es fundado: Abc –además de tener la legitimidad de sus miles de lectores- organiza en gran medida el pensamiento y los actos del poder real hegemónico: los diversos sectores de la oligarquía agro ganadera local y sus aliados trasnacionales, los que controlan al Estado y a sus políticos y funcionarios.

Si la lectura de poder del párrafo anterior fuera precisa, el lector coincidiría conmigo en que el asesinato de Pablo Medina por sicarios del narcotráfico significa lo que describe aquella frase popular en guaraní: “Opoko inambíre”. Un acto criminal por el que los jefes del narcotráfico, y sus aliados políticos en el Estado, sienten que su poder –el no formal, el oscuro, pero el que mueve miles de personas e incalculables millones de dólares- puede confrontar en fuerza y dinero con el poder real de los que actúan dentro de la ley y el Estado. Sienten que pueden –los narcos-, simplemente porque, hoy, el poder del narcotráfico también es real, tan real como el de la oligarquía.

Y si hablamos de dos poderes reales (el poder de la producción y el tráfico ilegal de todo producto clandestino -fundamentalmente el narco- versus el poder de la oligarquía agro ganadera), estamos hablando de dos economías que conviven en este país. Una formal, transparente; la otra informal, oscura. Si sabemos por las estadísticas públicas y las publicaciones periodísticas los miles de millones de dólares que la economía extractivista y exportadora –soja, ganado, etc- mueve cada año, no sabemos con exactitud los miles de millones que mueven la producción y el tráfico de cocaína y marihuana, el tráfico de armas, el tráfico de electrodomésticos y tecnologías. Pero sabemos por cálculos nacionales e internacionales que el narcotráfico y sus parientes sí mueven miles de millones, solo que sin precisión. Duda que nos obliga a interrogarnos: ¿Hoy, mueve más plata la economía clandestina o la formal en Paraguay?

Si hasta aquí siguiéramos coincidiendo, arriesgaríamos a afirmar, inesperadamente, que el asesinato de Pablo puede ser el punto de partida de una guerra entre la oligarquía y su Estado, por un lado, y la base social y los jefes del narcotráfico con sus aliados dentro de aquel Estado, por el otro. Una guerra que puede ser posible sobre la base de que el poder clandestino fue creciendo sostenidamente en cantidad de gente que vive de él, en dinero, en organización, dentro del mismo Estado, y, a fin de cuentas, en poder, en los últimos 25 años. Con un poder real dominante que lo dejó ser porque lo tenía controlado, y porque el poder clandestino sabía su lugar de dominado. Un lugar que ahora, con el asesinato de Medina, parece desconocer.

Al asesinato de Pablo Medina anteceden incontables asesinatos de políticos, de periodistas y de dirigentes campesinos cometidos por los narcos. En estos últimos 25 años, la lista de intendentes, concejales y algunos legisladores asesinados -principalmente de la ANR y el PLRA- es interminable. También la de periodistas y dirigentes campesinos. Antecedentes que pueden ser interpretados como parte del proceso de crecimiento del poder narco. Y los vínculos económicos que este poder tendió con jueces, legisladores, altos funcionarios, policías y militares, son también bien conocidos e incontables.

Si tomamos en perspectiva este crecimiento del poder narco, podemos entender que el asesinato de Pablo es un acto de desafío al poder legal de la oligarquía agro ganadera, porque ataca a uno de los símbolos de su poder: al medio de la oligarquía y a su dueño, un conspicuo miembro de la casta.

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