Actitud sospechosa

Andrea Morínigo brinda su versión sobre la detención ilegal sufrida por ella y otra mujer en el Buen Pastor.

Ante demasiadas especulaciones, versiones y sobre todo conclusiones sobre nuestra detención en la Comisaría 6ta por varias horas el pasado 5 de mayo, me permito estas líneas en honor propio y la de mi compañera de suplicio, D., con quien encontramos, en cuestión de minutos, envueltas en una situación absurda porque a la policía se le ocurrió que no teníamos “caras lindas” para hacer una visita al penal de mujeres “Buen Pastor”.

"La policía no dejaba de mirarme mirarme como delincuente porque soy “oriunda de Horqueta”, lo que remarcaron en cada momento. Resulta que me complica la situación haber nacido en “la cuna del EPP”. Fotografía del Penal de Buen Pastor

El jueves 05 de mayo, decido ir, por fin, después de un año y tantos meses de prisión, a visitar a mis compueblanas al Buen Pastor para preguntarles cómo están, si algo les falta, qué necesitan, cómo les tratan, etc. Solidaridad. D., de origen italiano, decide acompañarme. Eran las 12:30 más o menos.

Llegamos al penal, presento mis documentos y me dejan entrar sin problemas. Dejo mi bolso, con todas mis cosas adentro y decido esperar a D. para entrar junto a Estela Agüero, Sonia Muñoz y Rumilda Gimenez. El personal de guardia se muestra dubitativo porque D. presenta la fotocopia autenticada de su pasaporte, ya que prefiere dejar el original bien guardado para no perderlo. Le informan a la directora sobre la situación.

Le dicen a D. que necesitarán sus huellas digitales a lo que ella responde que prefiere quedarse afuera mientras yo realizo las visitas, ya autorizadas. “Es mucho para mí, yo no he hecho nada”, dice ella. Vuelven a entrar por espacio de 15 minutos en la oficina de la directora para comunicar lo sucedido.

De repente, como para un súperoperativo, sale una veintena de policías comandada por el Comisario Alcides Peralta que, con prepotencia y sin dar explicaciones ordenan nuestra detención. El propio comisario me agarra del brazo, y ordena a sus “paquitos” meterle a D. a la patrullera. Preguntamos por qué, cuál era el problema, pero nadie respondió. Cuando insistí con la pregunta y subrayé que ya estaban haciendo uso de la violencia con nosotras, el comisario me torció el brazo. Yo estaba hablando mucho y él necesitaba demostrar quién mandaba en ese lugar. D, estaba ya en la puerta del vehículo, preguntando y preguntando desesperada cuál era el motivo. En guaraní, nuestro nuevo verdugo ordenó que se le empuje, porque estaba oponiendo “resistencia”. Eran como las 13:00 horas.

Luego de 20 minutos, aproximadamente, de esperar sin saber nada en la Comisaría Sexta, aparecen tres policías antisecuestros. Soberbios. D. y yo nos miramos, y comienzan a preguntar insistentemente por qué se negó a dar sus huellas. “Yo no hice nada, sólo vine a visitar personas, y que me pidan esto me parece mucho, están invadiendo mi privacidad”, explicó ella, ofreciendo ir a traer su pasaporte original para demostrar que su identidad era…su identidad.

Yo intervengo e insisto en que por una cuestión de seguridad, ella no lleva a todos lados su pasaporte. Estaría en graves problemas si ese documento tan importante se extraviara. En tanto, llega el comisario y dice “péa, pe paraguayita oñe’êtereíma, peraha chupe ybate, peraha chupe!” (Esa paraguayita está hablando demasiado, llévenla arriba, llévenla!”). Y me quedo arriba, bajo custodia de tres policías un par de horas.

En un momento, los tres antisecuestros suben hasta donde estoy, y me preguntan por qué mi amiga no quiere dar sus datos, que eso la convierte en sospechosa, que puede tener documentos falsos y amenazan con retenerla por mucho tiempo de continuar con su negativa. Me piden que intervenga para convencerle de dar sus huellas. “Esa es una decisión suya, si me atropellan de esta manera, yo también me negaría”, respondí. Después de unos 10 minutos, vuelven a bajar, sin resultado.

Cansada, sin comer, pido bajar para hacer una llamada a mi trabajo, pues ya eran casi las 15:00 horas. Bajo, y me autorizan a llamar al diario La Nación, para avisar que estoy en problemas y que posiblemente, como se desarrollaban los hechos, no podría ir a trabajar. Aproveché para pedir que un cronista de policiales llame a la comisaría y pregunte sobre nuestra situación. Mientras, amigos nuestros también habían llamado a Serpaj y a Codehupy.

Recién cuando la prensa empieza a llamar, el comisario me trata con un poco más de respeto y “explica” a la opinión pública que yo no estaba demorada, sino haciendo un trabajo de “acompañamiento”. No mencionó, por supuesto, que desde hacía más de dos horas me tenía sin poder mover un dedo sin la bendición policial. Claro que estaba demorada y seguía estándolo, de hecho. Entonces, Peralta ordena que me haga una inspección médica, no para mi seguridad ni mucho menos, sino para proteger su pellejo! El procedimiento se hizo en el hospital donde atienden policías, ahí al lado, en el Rigoberto Caballero.

No quiero imaginar las penurias que han pasado cientos de personas que no tienen la “cobertura” de prensa, casi la única “fuerza” que obliga a la policía a moderar en cierta medida sus actos.

Luego de mi liberación, D. siguió por más de tres horas demorada. Accedió obligada a dar sus huellas, tuvo que mandar traer su pasaporte original del lugar donde residía, además de hacer contactos con la embajada italiana para dar fe de su identidad. Sólo después la dejaron libre, como a las 20:30 horas. Claro que la policía hizo lo que sabe. Le faltó al respeto silvándole y haciéndole todo tipo de preguntas sobre su vida personal, “informalmente”.

La policía nunca me pareció amigable. Nunca sentí protección caqui en ningún rincón de las calles y este enjambre armado, por el contrario, siempre me provocó desconfianza. Pero ese día, viví en carne propia el abuso, el maltrato, la violación de derechos humanos básicos, especialidades de esta institución. Con armas en las manos, no tienen la obligación de explicarte por qué te maltratan, por qué te apresan y si te torturan, seguramente no tienen por qué dar razones tampoco. Mucho menos.

El broche de oro fue el tratamiento que le dio al caso la prensa. Sin empacho, Telefuturo exhibió en primerísimo primer plano el pasaporte de D. y para la opinión pública ella es sospechosa por haberse negado a dar sus huellas digitales, y por tanto, de tener algún vínculo con el EPP. Se cerró el círculo de la criminalización.

El hecho de que D. opte por quedarse afuera en vez de dar sus huellas es “sospechoso”, según la policía. Para mí y para D., es su opción personal. Y no dejaban de mirarme como delincuente porque soy “oriunda de Horqueta”, lo que remarcaron en cada momento. Resulta que me complica la situación haber nacido en “la cuna del EPP”.

Qué puedo hacer si nací allá hace 27 años. Me tocó ser vecina de don Sindulfo y doña Estela Agüero, cuyas hijas son amigas desde mi niñez. Porque a unos locos les parezca sospechoso mi origen, no voy a negar mis raíces ni la familiaridad que me une a estas personas.

Esto no significa, de ninguna manera, que tenga algún tipo de simpatía por las prácticas del EPP. Tanto escándalo hasta ahora sobre el tema, que me veo en la necesidad de aclararlo. Que no se confunda la solidaridad con algunos presos y presas con afinidad política, porque tal cosa no existe. No creo en los métodos de la guerrilla, las que considero totalmente inconducentes además de ser dañinos para el movimiento social.

Mi intención fue llevar solidaridad, como otra gente lo está haciendo. Reivindiqué siempre el derecho de cualquier persona de dar y recibir solidaridad, práctica que debería ser más difundida y promovida en el mundo. Lo sigo reivindicando. El incidente que nos tocó vivir no me da miedo, aunque sí mucho más sospechas sobre las prácticas dictatoriales de la policía. Y por supuesto, seguiré insistiendo hasta lograr mi primera visita a mis compueblanas.

Entristece esta especie de legitimación que ha logrado la policía como reacción de la gente, gracias al miedo instalado sobre el tema EPP. No faltaron personas que ante la situación que vivimos me dijo: pero Andrea, esas personas están acusadas de ser el apoyo logístico del EPP!, justificando. Es el cucú del momento.

El miedo es un arma poderosa que se percibe con un olor nauseabundo en el norte. Pero no es el miedo a los secuestradores, sino a la policía. Miedo de ir presos por ser vecinos, amigos, ex novios o novias, compañeros o compañeras de colegio o de carpida con algún/a activista de la OCN, o afines. Ahora, miedo a solidarizarse con aquellos que han caído, miedo de ser involucrados por tener el mínimo contacto. Esta es una gran victoria de la represión.

A mí no me da miedo empezar a hacer el debate sobre la situación de estos presos y presas, incluso sobre el EPP y sus métodos. Tanto cucú necesita ser discutido y es buen momento para empezar, mientras, cualquiera puede ser sospechoso o sospechosa.

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