A un año del hambre y el terror: qué comió la gente más pobre en los primeros 15 días de la cuarentena

Por Julio Benegas Vidallet

Las ollas populares salvaron a miles de familias de escasos recursos, y que viven, por lo general, del día a día. Pero antes del estallido espontáneo de las ollas populares en el país, qué comió la gente.

T.B. mira abajo, garabatea en la tierra. Los chicos corren descalzos alrededor de la casa, en el fondo de un sendero de tierra. Ella chupa la bombilla del tereré con rabia. Un hilito de lágrima se suelta de algún cuenco y recorre sus mejillas rojizas. Todo parece detenerse, incluso la brisita de este otoño que sucedió a unos días de viento norte y mucha humedad. De pronto levanta la cabeza, parece fijar la vista en Sami, la más chiquitita de sus hijas. Ya había dejado de correr para entretenerse con la palita, en la arena. La mira de un modo nuevo. Parece que la mira con más amor o eso que llamamos amor y suelta: “No sé, no sé, no sé cómo”. Se refriega los ojos con las manos. Una gota gorda se agazapa en la esquina izquierda de su ojo derecho.

-Debo ir al súper- ensaya abruptamente y se levanta de sopetón como huyendo de la pregunta. La pregunta parece haber tocado un fondo inconfesable para T.B.

Marciola  Benegas toma el mate. Es su momento de descanso pleno. No quiere que nadie la moleste en ese único momento del día en que ella ha dejado de barrer, de preparar la comida, de cuidar a sus dos nietos y de atender la farmacia del barrio. En su celular escucha la misa de las 19.00. Se la siente plena, con esa excelsa plenitud de la gente que cree que en su vida ha hecho y hace lo correcto. En la Calle San Pedro, que une la Ruta 1 con Thompson e Ypané, donde ella vive, las motos y los autos no paran. Aunque tuvo una niñez de vida casi rural, ese mundo motor no parece afectarla.

-No sé, no sé. ¿Moopio jaikuapata?- responde ella desde otro lugar, desde el lugar de la gente a la que no le faltó un plato de comida todos los días, pero que, con su grupo de Iglesia, de la capilla San Francisco, se organizó para alimentar a los que nada tenían en esas primeras semanas de la estricta cuarentena decretada por el gobierno de Mario Abdo Benítez, aquel 11 de marzo de 2020.

¿Qué comieron las familias muy pobres antes de que aparezcan las ollas populares? Qué comieron en esos quince días? ¿Qué comieron T.B. y sus tres hijos?

En los momentos más duros de la pandemia, la población vulnerable recurrió a las ollas populares ante la falta de trabajo y alimentos.

El gobierno de Mario Abdo Benítez había decretado la cuarentena con un estado de excepción. Amparado en un código sanitario, el gobierno sacó a los policías y a los militares a reprimir a la gente que por alguna razón no respetara la decisión en un país donde alrededor del 60 por ciento de la población vive del día a día. Esta decisión se la tomó sin decirle a la gente más pobre (Paraguay registra de  10 a 15 por ciento de extrema pobreza) cómo podía sobrevivir. Sacó el decreto sin un plan inmediato de contención del hambre. La ayuda desde el gobierno recién llegó un mes después de la cuarentena.

Marciola y su grupo más inmediato de iglesia habían identificado en las cuadras más cercanas del barrio 40 personas, en su gran mayoría niños, que no tenían nada que comer. Conversaban de esto las tardes de oración. Fue así que 15 días después de decretarse la cuarentena el grupo más directo de su iglesia decidió romper con el aislamiento impuesto. Primero pusieron ellos la plata y luego ya recibieron donaciones de todos lados, por giros principalmente. T.B y sus niños fueron los primeros primeros beneficiados. A partir de ahí, quince días después, se supo qué comieron T.B y sus niños.

T.B se levanta. Ella vivió esos primeros días de la cuarentena como una guerra contra el hambre. Pero hay algo que le impide decir qué comió ella y qué comieron sus hijos. Se prepara para ir al súper más cercano. La acompaña F.B, su hijo de 12 años. Deben cuidar de las motos y los autos. Muchísimos caminos del departamento Central se asfaltaron sin dejar espacios seguros para caminar. Van a Punto Carne, el súper más cercano. Ella se ubica en una larga fila. Ella, antes de la cuarentena, “puchereaba” preparando hamburguesas en un pequeño almacén de barrio. A su pareja lo habían metido en Tacumbú por proveer, según la acusación, crack a los chicos del barrio.

La pregunta queda flotando. ¿Qué comieron Tamara y sus hijos esos quince días antes de que en el país se organizaran las ollas populares?

-Pireka, pireka ro’u pyhare. Por suerte llegó usted ahora- exclamó R.B cuando el narrador oral Rubén Flecha le acercó un kit de víveres hasta su casa, en Chacarita, Barrio Ricardo Brugada, de Asunción. A Rubén le tocó la cuarentena de úber. Un hombre de correr y recorrer historias, Rubén nunca se había encontrado con tanta gente pidiendo comida. Una noche le comentó a su pareja, Camila Escauriza, esta situación. Ya en la segunda semana se preguntaron qué podían hacer algo.  Pidieron alimentos no perecederos y empezaron a distribuir. Hubo un momento en que llegaron a juntar alimentos para 70 familias. No daban abasto. Cuando Telefuturo le hizo una entrevista sus celulares estallaron, tanto de la gente que pedía comida como la gente que quería donar. Primeramente eran alimentos no perecederos. “Empezamos a repartir por todos lados, en Cerro Poty,  Chacarita, Luque, Aregua”.

Luego la gente donaba de todo, desde alimentos no perecederos hasta carnes y comida ya hecha. La hermana de Rubén, Sandra, movió otra línea. Actriz ella, comenzó con la gente que directamente sabía que había quedado completamente sin comida. En el sector Cultura, con una buena mayoría de trabajadores informales, también las llamadas de auxilio inundaron en esa segunda semana.

-Vare’a por todos lados. Heñymby’aipa ñande gente-comentó aquella vez al grupo que se activó por medios digitales para organizar la contención

También ella había roto la cuarentena. Con su auto, con el tapabocas y su guante de látex iba a retirar las donaciones y luego entregaba. En ese tren se comunicó con otros miembros de la comunidad cultural y las ayudas rápidamente se ampliaron hacia las familias de distintos barrios muy carenciados.

Su hermano, Rubén Flecha, vio gente enferma, abandonada, laburadores de calle sin nada, por lo menos durante quince días o más. A los quince días la gente entendió que “si no se organizaba ivare’apata”

Pero antes de los 15 días en que explotaron por todas partes del país las ollas populares qué comió la gente más pobre.

-Che, pyhare, último harinagui ajapo pireka, sei ro’u pyhare ha sei ko’aga- le dijo que R.B a Rubén Flecha aquella vez que llegó con los víveres. Cuando dijo esto miró a su doña y la enorme tribu.

Ya se sabe cómo la gente de Paraguay sobrevivió luego de los 15 días de cuarentena: con ollas populares.  Pero qué comieron antes de las ollas populares.

Hoy, a un año de aquella guerra contra el hambre, el gobierno de Mario Abdo Benítez intenta meter a la gente otra vez en cuarentena estricta. Hablan de alerta roja justo en el período en el que aumentan las protestas y también en el tiempo en el que finalmente las urgencias sanitarias por COVID arriesgan el colapso del sistema de salud. El gobierno ya no tiene crédito de la gente y tal vez le costará contraer otros 1.600 millones de dólares como lo hizo al inicio de la cuarentena. La “gente ya no puede aguantar una guerra más contra el hambre”, suelta Rubén Flecha, quien, en un año, una sola vez pudo encontrarse con niños y niñas para hacer lo que a él realmente le gusta: contar cuentos.

T.B. está a punto de ingresar al súper de su barrio, Punto Carne. Ha improvisado en frente de su casa una parrilla para asaditos. Antes de ingresar mira a este reportero a los ojos y luego medio agacha la cabeza para responder la pregunta que había quedado en las nubes:

“A veces tortilla, a veces nada”

 

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