A la memoria del Dr. Juan Carlos Zaldívar

Sobre la vida del querido amigo Calí de Arroyos y Esteros que luego se convirtió en un honesto político paraguayo.

Dr. Juan Carlos Zaldívar.

Saludos a un gran amigo.

Abriendo mi correo electrónico, en los días siguientes de las fiestas natalicias que estaba pasando en Estocolmo, con mi hijo Manuel y su familia sueca, una amiga paraguaya de Roma, me comunicó la triste noticia de la muerte de un común y caro amigo, acaecido recientemente en nuestra lejana patria paraguaya.

“Angel, pasé una navidad enlutada”, me decía la amiga en su corto mensaje, porque se fue Juan Carlos Zaldívar. Inmediatamente comuniqué a mi hijo la triste nueva, diciéndole que había perdido al mejor amigo de mi vida.

No pude dormir esa noche. Un torrente de recuerdos, que corrían serenamente en las profundidades de mi memoria, se reactivó desde los ya lejanos años de mi infancia arroyense hasta los más recientes de mi  madurez europea.

Así me vi al lado del querido amigo Calí, como lo llamábamos familiarmente en Arroyos y Esteros, sentados uno al lado del otro, en los bancos de la “escuelita ambulante” de la plazoleta del pueblo, en los años de la Guerra del Chaco, escuchando atentamente las lecciones de la maestra que nos enseñó a leer y escribir en aquel entonces, la inolvidable doña Elida Galeano de Troche.

Me vi también, ya joven estudiante universitario en la década del 40 y 50, fundando junto con otros amigos de aquellos tiempos –Víctor Rolón y demás compueblanos– el Centro Arroyense de Asunción, con el propósito de fomentar la promoción social y cultural del querido pueblito que nos vio nacer.

Cuando terminamos nuestros estudios universitarios, recibiéndonos (yo de médico y Carlitos de abogado), todo el pueblo arroyense nos ofreció un sabroso asado con cuero, bajo los mangales de un acaudalado compueblano de la compañía de Cañada, como orgulloso homenaje, a dos distinguidos hijos del pueblo recientemente doctorados.

Los avatares de la vida nos separaron en las sucesivas décadas de nuestras vidas. Yo me alejé del Paraguay obscurecido por los años terroríficos de la dictadura stronista. Él se quedó en San Lorenzo, a afrontar valientemente la tormenta de la intolerancia y la persecución política, en las filas del Partido Liberal que no se plegó a la dictadura stronista.

En las últimas décadas de nuestra ya larga existencia, en mis sucesivos viajes al terruño, con la libertad ya reconquistada y la democracia por construir, me reencontré varias veces con el entrañable amigo, en reuniones con otros compatriotas, para conversar sobre el Paraguay y su futuro. Al fin de una de ellas, el Dr. Juan Carlos Zaldívar, ya Senador de la República, me llevó a la habitación que me hospedaba, en un destartalado coche pasado de moda, por lo que le saludé conmovido, por haber tenido el honor de haber sido acompañado por un honesto político paraguayo.

En las reuniones amistosas, en las que participaban compatriotas de diversas tendencias políticas, me llamaron siempre la atención las opiniones  equilibradas de Carlitos, su respeto por los adversarios ideológicos y su fe inquebrantable en un futuro Paraguay libre, democrático y progresista.

En el próximo mes de mayo, aniversario de nuestra independencia nacional, viajaré nuevamente a nuestra lejana patria, para verificar en primera mano, las vicisitudes del Paraguay del cambio, en preparación de las nuevas jornadas electorales de 2013.

Pensaba ir a saludar a Carlitos, como de costumbre, en su linda casa de San Lorenzo. Los designios misteriosos e inescrutables de la providencia cambiaron las cartas del póker de nuestras vidas sobre la meza de juego y esta vez me tocará saludarlo, con emoción en el alma y un ramo de flores tricolores en las manos que los depositaré, con lágrimas en los ojos, en el silencioso rincón de tierra paraguaya donde se halla serenamente reposando en la  paz de los justos.

Roma, 10/01/12.

Angel Saua Llanes (asllanes@tiscali.it)

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