A 68 años de la guerra civil de 1947

En la primavera democrática, hasta el Partido Comunista había dejado su estatus permanente de proscripto.

Pero es bueno ir un poco antes, para comprender el cuadro de situación que  llevara a nuestros padres y abuelos a aquella tremenda guerra civil.

Abortado en 1937 el movimiento febrerista liderado por el coronel Rafael Franco, el gobierno recae nuevamente en un “liberal”: José Félix Estigarribia, que gobierna con una carta política de fuerte corte represivo. Estigarribia, comandante del Ejército paraguayo durante la Guerra del Chaco (por ende estratega de redes de distribución y desplazamiento), intenta abrir un camino con Brasil para Paraguay para equilibrar la dependencia exclusiva de las exportaciones de materia prima a la Argentina en yerbatería, talabartería y taninería. El jefe militar muere al estrellarse su avión, el 7 de setiembre de 1940, un día en que los brasileños festejan el primer “Grito de Ipiranga”, rito independentista. El camino a Brasil queda truncado. Lo retomaría Alfredo Stroessner en 1960 con “éxito”, con su “reforma agraria” y la “revolución verde”.

Luego de turbulencias políticas, asume un gobierno de “unidad nacional” con gabinete integrado por liberales, colorados y febreristas, encabezado por el general Higinio Morínigo. Se abre un período de libertades públicas denominado en el tiempo como la “primavera democrática”. El período en que se preparaba una elección presidencial con distintos partidos en juego se cierra abruptamente con la coloradización y la afirmación de un gobierno de facto de Higinio Morínigo. El golpe de timón dispara un alzamiento militar en Concepción, dándose inicio a la Revolución de 1947. Son sus principales protagonistas colorados y liberales: antiguos contendientes nacidos en senos de partidos que se erigieron sobre los escombros de la Guerra Grande. La guerra civil “la ganan” los colorados frente al bloque “líbero-franco-comunista”, operándose la persecución política interna más grande conocida en la historia. Los “vencedores” queman ranchos, saquean haciendas y se apropian de bienes de miles de familias liberales.

Si bien no existen estadísticas ni aproximaciones oficiales, mucha gente que sufrió el éxodo principalmente a la Argentina estima entre 400 a 500 mil paraguayos desplazados.

Este es el inicio de la extensa migración que durante la dictadura stronista se tornaría natural, principalmente a Buenos Aires, de nuestros compatriotas campesinos. Allí, entre el trabajo de limpieza, cocina, albañilería y su guaraní enmudecido, aprenden el castellano “porteño” del “che” y el “cho” tan pronunciados.

 

Con un autogolpe del Gral. Morínigo, comenzaba el largo período de hegemonía colorada en el país.

Con un autogolpe del Gral. Morínigo, comenzaba el largo período de hegemonía colorada en el país. Fuente: Portal Guaraní

 

La hegemonía colorada

La victoria en la guerra civil es el inicio fundacional de la larga hegemonía del Partido Colorado. Una hegemonía que tendrá en la dictadura militar de Alfredo Stroessner (1954-1989) a su más grande instrumento de dominación. Y a los “pynandy”, los milicianos colorados que reaccionaron contra los comandos revolucionarios, al “héroe anónimo” que dará cohesión al largo y hasta ahora reiterado discurso de los caudillos vencedores de la guerra fratricida.

Los colorados habían vuelto al poder y no lo soltarían más. Un profundo pacto con el pueblo vencedor de la guerra y la exclusión de lo “otro” les dejaría el camino en soledad para administrar la cosa pública.

La dictadura stronista

En la pobreza secular de nuestro país, el camino para una dictadura de corte militar era el único que se asfaltaba raudamente. Los gobiernos civiles desde el 47 en adelante no lograban organizar mínimo consenso. La experiencia de la Guerra del Chaco y la Guerra Civil habían formado un tipo de caudillo y un prototipo de mando asociados al porte militar para el disciplinamiento social. El general Alfredo Stroessner, ex guerrero en las contiendas chaqueñas, había golpeado una vez y no le fue bien. En la segunda, desplaza sin levantar armas al gobierno de Federico Chaves. Forma un gabinete de inicial consenso con importantes caudillos civiles de la época como Epifanio Méndez Fleitas, a quien lo eligiera presidente del nuevo Banco Central del Paraguay. El disenso en su propio partido era el primer escollo a superar para instalar la dictadura. Los primeros afectados de su discrecionalidad imberbe serían sus potenciales adversarios internos; entre ellos, el propio Méndez Fleitas.

De 1865 a 1950 el país había sufrido tres guerras: una de exterminio contraía Triple Alianza; otra de afirmación nacionalista con Bolivia y, la última, una guerra de vecinos y parientes. Asuelan el país la inestabilidad, la zozobra institucional, el miedo y profundos rencores.

La población era y seguiría por buen tiempo siendo inminentemente rural. La economía, agrícola familiar y explotaciones ganaderas, yerbateras y tanineras mezcladas con una incipiente manufactura de exportación para o vía Argentina, nos recuerda el economista Gonzalo Deiró. El ganado vacuno se concentraba en su mayor parte en los minifundios. Los campos, aunque no comunales legalmente, en su gran parte estaban abiertos para el pastoreo. La gente se seguía reproduciendo con parteras empíricas, médicos “ñaña” y algunos paramédicos que recorrían los pueblos -al igual que los macateros- aplicando inyección con penicilina y proveyendo otros remedios “botica” a los almacenes. Esta realidad descrita no era un paisaje social de lugares remotos, como pudiéramos imaginarnos hoy, sino casi el universo total fuera de los pequeños núcleos urbanos.

La llegada de Stroessner al poder tiene un amplio consenso inicial incluso de importantes intelectuales que luego sufrirían la persecución, como nuestro más laureado escritor, Augusto Roa Bastos.

En los primeros lustros de su gobierno se encargará de destrozar la insurgencia y la oposición política real con fusilamientos extrajudiciales y encarcelamientos sine die, como el que propinara al capitán Napoleón Ortigoza en las Fuerzas Armadas o con el asesinato de Antonio Maidana, secretario general del Partido Comunista. Largas prisiones sumarán feroces ejemplos de lo que deparaba a todo aquello que disintiera fundamentalmente con el régimen.

"Paz y Progreso", el lema con el que la dictadura de Alfredo Stroessner gobernó 35 años. Aunque para su último período le agregó "democracia y libertad".

«Paz y Progreso», el lema con el que la dictadura de Alfredo Stroessner gobernó 35 años. Aunque para su último período le agregó «democracia y libertad».

En 1961, en libreto que el dirigente liberal Miguel Abdón Saguier adjudica al entonces ministro del Interior Edgar L. Insfrán, cae preso Napoleón Ortigoza. Se lo acusa de la muerte del cadete Alberto Anastacio Benítez que apareciera colgado de un árbol en Villa Guaraní, Asunción. El régimen se encargó de propagar -y tal vez de acometer- aquel macabro hecho culpando a Ortigoza, un militar asociado con el movimiento institucionalista de las Fuerzas Armadas, sin derecho a la defensa. O, mejor, omitiendo olímpicamente a la persona que intentó la defensa, el abogado Alberto Varesini, víctima posterior del exilio por la “osadía”.

El caso fue utilizado como escarmiento para todos los militares que cuestionaran la discrecionalidad, nos recuerda el capitán retirado Federico Figueredo, expulsado de las FF.AA. por formar parte de aquel movimiento.

De la época remonta también el famoso caso “108 y un quemado”. El régimen lo utilizó para estigmatizar y criminalizar a los homosexuales.

Mataron y encarcelaron sin tiempo a los comunistas y arrinconaron a los homosexuales a vivir su sexo en la clandestinidad. El prototipo de hombre era el militar: pelo corto y arriero porte, con voz “de macho” y proceder marcial.

El operativo tijera (redadas policiales para arrebatar pelos largos) en Asunción fue una de las instituciones más populares en los 70. Como a una de las víctimas de esos operativos se lo recuerda a Porfirio Bustos, una persona reconocida luego por su programa en el único canal de televisión, el Canal 9, “Dibujando con Porfirio Bustos”.

El discurso calaba hondo en la población mayoritariamente rural. Aquella redada en 1959 contra gente sospechosa de homosexualidad fijó el número que sería utilizado popularmente para denominarlos en el tiempo: “108”. Aludía a las 108 personas detenidas por presunta tendencia homosexual para investigar la muerte de Bernardo Aranda, un locutor de Radio Comuneros que muriera quemado. Las crónicas periodísticas, hasta ahora, usan como móvil frecuente, casi único, al igual que la fiscalía, el crimen pasional en la investigación de muerte de homosexuales.

Las dictaduras militares necesitan imponer la estética del macho duro, muy duro, casi caricaturesco. No vayamos a creer que este sello estético y esta visión del mundo son una particularidad paraguaya. Nada más lejos de la verdad. El nazifascismo no nace en nuestro país. El cuadro ideológico mayor, el judeocristianismo, mucho menos. Pero es acá, en este paisito -donde alguna vez se intentó el primer Estado nación industrial en América Latina-, donde el proyecto de uniformación marcial estribó profundamente, dejando muy poca rendija para respirar vientos de libertad.

En los 70, el régimen ya había arribado a su formato ideal. Había exiliado, matado, encarcelado políticos, músicos, poetas, artistas, dentistas. Los comunistas ya estaban altamente criminalizados por la sociedad, y el Partido Colorado y las Fuerzas Armadas, luego de las purgas correspondientes, ya estaban sometidos al régimen. El régimen, en más, reduce la estética popular a discurso patriotero y al folklore. Destroza la representación popular en sus diversas expresiones: música, política, literatura, economía, ciencias, supliéndola por la estética patriotera, folklorista y una economía especulativa, de capataces y serviles seudointelectuales que le decían a Stroessner “estamos con vos, mi general”, “sos el primer hombre, mi general”, “el sol sale para todos, pero principalmente para usted, mi general”.

 

Ejecución de las ligas agracias de Misiones. Se los ve a Pastor Coronel y dirigentes de seccionales de la época.

Ejecución de las ligas agracias de Misiones. Se los ve a Pastor Coronel y dirigentes de seccionales de la época.

El pacto, utilizo acá un término del periodista Arístides Ortiz, con la mayoría del pueblo se sostiene en que el régimen manipula valores poderosamente arraigados: el patriotismo, el sentimiento épico y el macho duro; la mujer abnegada, sacrificada, inspirada en las residentas (las de la Guerra de 1870), la que siempre “está al lado del hombre”.

Con una economía agrícola que expresa un mundo de por sí conservador de tradiciones principalmente orales, “lo otro” y “lo cruel” adquiere categoría de mito. Por lo tanto, indiscutible. No necesita pasar por la duda que interpela la razón. Lo desconocido, negado y ocultado pasa a ser criminal: el comunismo, la homosexualidad… Es como la oscuridad: el mundo dominado por los “pora” que va desapareciendo en la medida en que se deforesta el país, se suburbaniza y se incorpora energía eléctrica. Un mundo, en fin, donde aparecen nuevos “otros”: “peajeros”, “marihuaneros”, “patoteros”.

El régimen de Alfredo Stroessner pronto incorpora a la oligarquía ganadera, el grupo de poder más importante de la época, con su política de asistencia técnica y financiera para la exportación de la carne. Con el reparto de tierra a sus jefes militares y partidarios resuelve la «crisis oligárquica», nos cuenta el sociólogo, ex canciller, Jorge Lara Castro.

Ya en los 60 acomete el camino hacia el Este, abriendo un puente político y económico con el Brasil, con la construcción del Puente de la Amistad, de la hidroeléctrica “binacional” Itaipú y el remate de las tierras públicas a empresarios agrícolas brasileños. Esas tierras, unos cinco millones de hectáreas aproximadamente, oficialmente estaban definidas pura sujetos de la reforma agraria; es decir, familias campesinas sin tierras. No solamente brasileños se quedarían con esas tierras. Muchos amigos del régimen, políticos, militares figuran en las planillas de adjudicaciones. Llegar a coronel y no tener una o dos estancias era para ser considerado “boludo” (una acepción más burda de “tonto”), por las propias familias del militar.

En el eje Sur – Este, Itapúa y Alto Paraná, regado por el río Paraná, de floresta Imponente, el régimen arraiga la otra pata de su economía agroexportadora: la soja. Y emprende para las familias campesinas el plan algodonero. Estos tres rubros de producción darán un nuevo volumen a la economía paraguaya, con crecimientos sostenidos del seis a diez por ciento. Sobre este abono planta el Estado que hoy conocemos. Extiende rutas, escuelas, centros de salud. Se masifican por primera vez los servicios públicos. En cada inauguración de obras públicas se monta parafernálica exposición mediática. Con las obras de Itaipú, un emprendimiento que terminó costando 20 mil millones de dólares, nace un nuevo grupo económico al que le han dado nombres diversos, entre ellos: “los barones de Itaipú” y la “patria contratista”. Este sector, en 1993, a través del Partido Colorado, ungió en la Presidencia de la República a uno de sus representantes: Juan Carlos Wasmosy.

Del modelo agroexportador en beneficio de los ganaderos y los productores de granos a gran escala, en extensas tierras, cae pronto una de sus patas populares: el algodón, el único rubro pensado para las familias campesinas de cultura tradicional con la tierra. Muchos campesinos son obligados a vender sus parcelas por préstamos que no podían pagar. Algunos ensancharían luego movimientos de ocupación de tierras y otros irían engrosando, a partir de los 80, las ciudades metropolitanas de Asunción y Ciudad del Este, principalmente.

El régimen afianza una oligarquía ganadera conformada por gentes que se hacían de tierras sin esfuerzo, utilizando los recursos del Estado, principalmente los del Ejército, para consolidar los establecimientos.

Leamos lo que el economista Gonzalo Deiró nos dice sobre este tiempo: “Stroessner, en lo económico, apuesta a implementar en el Paraguay lo que venía desarrollando el Banco Mundial desde la década de los 60 que se intensifica con la revolución verde; eso que muchas veces no reconocemos como hecho neoliberal: la incorporación de la soja. Sobre esta producción va a despegar su poder interno y vincularse con los poderes reales de Brasil, vínculos muy poderosos con Itamaraty”.

El mismo analista económico nos recuerda: “Stroessner construye aquello que conocíamos como la marcha al Este. Apuesta al monocultivo, destruye una economía campesina que sostuvimos por largo tiempo, representada por pequeños productores agrícolas de 20 hectáreas, para producción de consumo y de renta. En nuestro idioma llamábamos ‘mboriahu ryguatã’ (pobre satisfecho).

Con el privilegio al sector ganadero y sojero se comienza a tener una salida importante en los mercados externos. Completa la trípode el capital financiero”, concluye Gonzalo Deiró.

Comentarios

1 Comentario

  • Avatar
    Kim Ekemar
    22 mayo, 2015

    Estoy interesado en usar la photo de «Ejecución de las ligas agracias de Misiones. Se los ve a Pastor Coronel y dirigentes de seccionales de la época», qué aparece en su artículo
    http://ea.com.py/a-68-anos-de-la-guerra-civil-de-1947/
    Es para un libro de la dictadura que estoy escribiendo.
    ¿Quien tiene los derechos de autor para esa foto?
    ¿E’a tiene alguna copia de alta resolución?

    Saludos cordiales,

    Sr Kim Ekemar

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