Jóvenes evitan traslado arbitrario de Vivian Genes

Vivian Genes no está sola
Primero fueron bolsas de basura recogidas de las casas alrededor de la comisaría de Trinidad, luego fueron cajas de madera, troncos, ramas y finalmente un joven con la remera de la albirroja apareció con un trofeo mayor: dos ruedas de autos. Un grupo de hombres y mujeres, con camisas de la albirroja, y la bandera paraguaya a los hombros, patrullaba en moto alrededor de la comisaría doce de Trinidad para cubrir el perímetro.
Alguien gritó que no se le deje pasar al carro bombero. Al no encontrarse autos grandes para cerrar el paso, una hilera de troncos, cajas, bolsas y más ruedas formaron una muralla encendida sobre la calle Quito a la altura de Doctor Sosa.
La abuela (Teresa González) exigía por el megáfono que salga la comisaria para decir si era verdad que la iban a trasladar a Vivian Genes a una cárcel del interior. Las llamas y el humo, empujados por un viento del sur, hicieron retroceder a los policías que resguardaban, con sus cuerpos erguidos y el humor aparentemente indiferente, la entrada a la comisaría.
La madre de Vivian Genes lloraba de desesperación culpando al gobierno Abdo de cualquier cosa que le ocurra a su hija.
Rosa Bogarín, unas de las líderes del grupo de escrachadores, en frente de los policías, urgía justicia y condenaba al “corrupto gobierno”. La información de que Vivian Genes iba a ser trasladada de la comisaría a un presidio de otra ciudad había encendido la mecha rabiosa de los estudiantes que habían organizado un festival en frente del Congreso que se realizó en la tarde noche del 5/4. La información se abrió paso entre la multitud y la decisión de ir a la comisaría en autos y en moto se la tomó en el vamos.
“Vivi no está sola. Luis Trinidad y Pedro Areco no están solos”, cerró la estudiante que dirigía el festival. Eso había sido media hora antes. Un poco más tarde el rugir de las motos y músicas patrióticas alternaban con las voces de Rosa Bogarín y de La abuela, que no soltaba el megáfono. Y en el horizonte de la calle Quito, que terminaba en Santísima Trinidad, unos nubarrones se confundían con el humo de las llamas que a su vez alternaban con los estallidos cuan bombas caseras, entre el crepitar de las maderas, las bolsas derretidas y las ruedas.
El grupo de la carpa de la resistencia decidió entonces, también en el rugir de motos, las músicas patrióticas y el grito de dos jóvenes que anunciaban que la raza guaraní no se rendiría jamás, instalar las carpas en frente de aquella salida de autos de la comisaría.
“Ni un paso atrás, ni un paso atrás”, arengaba La abuela.
Paola Ferraro, Abril y Anahí decidieron entonces sumarse a las llamas, cargando el buche con querosén y escupiendo fuego, exigiendo la libertad de Vivian y de los demás estudiantes encarcelados por la otra llama, aquella la vimos por televisión. La llama que incendiaba Colorado Róga, luego del fallido intento de juicio político a Mario Abdo Benítez. Un juicio exigido por tanta imagen de tragedias sanitarias, socorros, ruegos de medicamentos en los hospitales atestados ya de gente con Covid.
Detrás de la muralla de la comisaría, hacia el patio interno, un cordón de cascos azules aguardaba la orden para entrar en escena. La abuela les decía que no se les ocurra entrar en acción porque se encontrarían con ella, la patrulla motorizada y los estudiantes.
Apareció Juan Rivarola, abogado de la Coordinadora de Derechos Humanos (Codehupy) y otros representantes del organismo de derechos humanos. Fueron a hablar con la comisaria, sí, una mujer, al frente de la Comisaría de Trinidad. La reunión duró, entre idas y vueltas, una hora. La información de que efectivamente Vivian Genes iba a ser trasladada a la Penitenciaría de Encarnación había avanzado del rumor para cobrar la fuerza de la certeza.
La medida, a todas luces arbitraria al decir de Sandra González, también de la Codehupy, configuraba, además de un terrorismo sicológico, un intento de aislar a Vivian Genes, una de las líderes del Arancel 0, representante estudiantil de la Facultad de Arquitectura y Artes. De llevarla lejos de los puntos de protesta callejera.
Cuando uno de los jóvenes llegaba, sobre moto, con dos ruedas más para seguir la ceremonia del fuego, salió el grupo de derechos humanos y de estudiantes. El equipo certificó que la decisión del traslado ya estaba y que la comisaria había pedido una salida negociada a la protesta. Que la madre de Vivian Genes, Vivian Meza, se quedara con ella y que veinte personas más cercanas podían entrar a la comisaría para vigilar el proceso.
Los nubarrones que se confundían con el humo de las llamas amanecieron sobre los manifestantes con una mansa lluvia. Y la carpa de la resistencia, que se estaba instalando en la calle, se trasladó al predio de la comisaria.
“El pueblo unido jamás será vencido, bramó La abuela. Y dos más del comando motoqueiro hicieron rugir roncadores. Una mujer con la remera de la selección y la bandera tricolor en la cintura subió, de nuevo, y por última vez, el volumen de Patria Querida.
El Facebook seguía vomitando muertes de tíos, padres, hermanos en distintos hospitales y actividades solidarias para comprar insumos de terapia intensiva.

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