Los ciclos de Lula en el Brasil

Por Julio Benegas

Lula Da Silva es a Brasil lo que Mandela ha sido a Sudáfrica. Si bien el aparteheid no fue decretado, Brasil era el país más desigual del planeta. Heredaba -hereda- el imperio de la esclavitud en las explotaciones del caucho, de los cafetales, del cacao, de los algodonales, en las haciendas.

Ubicado como novena potencia mundial, tenía 40 millones de personas en la pobreza absoluta. Al igual que Estados Unidos, cuando los negros fueron «liberados», estos ocuparon su lugar como parias en la nueva distribución del trabajo. Sin propiedades, sin herencias, buscaron los mares y los ríos, igual que en toda América de la costa Atlántica. Ocuparon los terrenos baldíos, los cerros. Así se armaron las gigantescas favelas, tanto que en uno de los cerros, Roxiña, viven 300.000 habitantes.

Del Brasil exportador de materias primas, con el tiempo se convirtió también en el Brasil de la exportación de manufactura a través de las políticas cepalinas que promovieron la  sustitución de las importaciones. Aparecieron las fábricas, a miles. Los pobres salieron de los fondos de los algodonales, de las explotaciones del café, de las campiñas y pasaron a ser mano de obra asalariada en Sao Paulo, principalmente, y en menor medida en varios puntos del país.

Esta masa asalariada en las fábricas, en las empresas metalúrgicas, disputó grandes luchas en los últimos cincuenta años y en algún momento esa disputa fue profundamente antidictatorial. Es así como en el corazón de la masa obrera apareció Luis Inacio «Lula» Da Silva, con las banderas de la clase trabajadora.

En la primera elección a la que se candidateó a presidente perdió con Fernando Collor de Mello, en la segunda con Fernando Henrique Cardoso, y en la tercera, en auge y en declive del ciclo neoliberal, así, ambas cosas a la vez, ganó la presidencia, pero con el futuro sellado a la alianza con un sector del empresariado. Su primer vicepresidente fue José Alencar, el último vicepresidente, ya con Dilma Rousseff, fue Michel Temer, siempre durmiendo con el enemigo.

En todo este tiempo ocurrieron dos grandes cosas: se amplió tremendamente el capital brasilero hacia los países africanos de habla portuguesa (solo en el primer período de Lula, de alrededor de 1.700 millones de dólares de inversiones avanzó a 17.000 millones) y en la base social de pobres extremos las políticas de subsidios sacaron, según registros oficiales, de la pobreza absoluta a esos 40 millones.

Lula se convirtió así en el líder y el árbitro político más importante de Brasil, pero Lula se fue para arriba, con su fundación, con sus conferencias, con su saco y corbata, desatendiendo el retorno de la antigua derecha continental, liderada por Estados Unidos. En esa nube Lula fue sorprendido por el juicio político a Dilma. Si Hugo Chávez hubiera vivido todavía entonces, le hubiera dicho: «Pero, hermano, atiende, bájate de las nubes, vuelve con tu pueblo».

La sacaron a Dilma porque supuestamente se maquilló el presupuesto. Una vez que la sacaron a Dilma el objetivo fue Lula, meterlo preso para sacarlo de la carrera presidencial. Así, en parte, en escuetísima síntesis, el escenario. Lula ha vuelto en este tiempo a donde comenzó: con los trabajadores organizados.

Su búnquer es el sindicato de metalúrgicos, allí mismo donde él comenzó su historia sindical y se convirtió en «El hijo de Brasil».

Si este regreso del «hijo de Brasil» es real, profundamente real, podríamos tener, en la propia figura de Lula (Yo soy una idea, dijo él), la recreación de un gran movimiento de masas que confronte este retorno de los brujos donde sólo se piensa en ampliar las altísimas tasas de ganancias de los bancos, las financieras y las trasnacionales, mayor acumulación de capitales en pocas manos y creciente desigualdad en el planeta.

Este regreso es absolutamente posible.

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