«¡Tetente!», respondía el pequeño Derlis en la fila de presos

«…el haber vivido ya es gracias a la solidaridad…». Derlis Villagra Ramírez. En medio del hacinamiento, de condiciones insalubres, de la tortura y el asesinato, una veintena de bebés da su primer llanto en los distintos calabozos. En setiembre de 1976 el régimen decide abrir el Penal de Emboscada exclusivamente para presos políticos. Allí fueron a parar unas 600 personas: presos antiguos, nuevos presos, adolescentes, mujeres, hombres, niños y bebés.

«La fuerza de la vida me hizo nacer y el haber vivido ya es gracias a la solidaridad. Era esa solidaridad que mamamos», dice hoy Derlis, el hijo de Celsa. Así fue con todos los demás bebés que pasaron por el Penal de Emboscada. En aquellos días una mamá agricultora llegó con su bebé de dos meses de vida a la prisión y no le podía dar de mamar porque por la tortura con picana eléctrica había perdido la leche materna. Este tipo de situaciones horrorosas eran saldadas con la solidaridad de otras madres, que daban de mamar a sus retoños y al de otras compañeras. Guillermina amamantaba a su hijo y también a otras dos criaturas en aquellos años.

María Lina Rodas (izquierda) y Celsa Ramírez: abuela y madre respectivamente de Derlis Villagra hijo. La foto es del año 2010 en su casa de Itá, están viendo unos apuntes sobre los bebés en prisión que elaboraron en cautiverio, a fines de los 70. En primera plana, el posillo de aluminio que usara Derlis Villagra hijo en prisión en Emboscada

Carlos José Mancuello es uno de los desaparecidos por el régimen, que incluso fue entrevistado por el propio Alfredo Stroessner en Investigaciones un poco antes de ser borrado de la faz de la tierra. Fue apresado hacia fines de 1974 junto con su esposa, Gladys Ríos, embarazada de sólo días de su segunda criatura, Marcelo. Aquel bebé actualmente tiene 35 años y es Jefe de Gabinete de la Secretaría de Emergencia Nacional.

Sobre sus primeros años en la Comisaría de Fernando de la Mora y después en Emboscada, explica que él suele comparar su vida y su desarrollo con la de su hermana. La diferencia es que ella fue separada del seno materno muy temprano; él permaneció con la madre durante todo el cautiverio que les tocó vivir. «Se nota fuertemente la influencia de haber sido estimulado tempranamente por esa historia dinámica, esa solidaridad colectiva. Yo tuve la estimulación temprana de unos cuantos comunistas», bromea Marcelo, jugando con el estigma creado por el stronismo.

Para entender la estimulación de la que habla Marcelo hay que empezar diciendo que desde 1976 la mayoría de las personas más lúcidas y mejor preparadas de la sociedad paraguaya estaba presa en el Penal. Primero en condiciones marcadamente inhumanas; luego, gracias al gran esfuerzo de sus familiares y especialmente de instituciones como el Comité de Iglesias Para Ayuda de Emergencias, con una vida más o menos llevadera.

En esta cárcel se verificó una febril dinámica cultural que sirvió a los presos de contrapeso con las ansias de libertad, a partir de actividades como el tallado en madera, la elaboración de guampas, rompecabezas, telares, crochet, hamacas, portarretratos, floreros, veladores, cestos, anillos, figuras, tallado en cuero, huesos… más adelante se hicieron obras de teatro, festivales de música y jornadas de alfabetización.

El elemento asociativo de la población fue la solidaridad diaria; el centro de todo y también el elemento que suavizaba aquella vida eran los bebés presentes. «Emboscada era un campo de concentración con cerca de 500 presos políticos, entre ellos 18 bebés y mi hijo Manuel entre ellos», rememora Guillermina. En una sola celda de cuatro metros de largo por cuatro metros de ancho convivían personas adultas y 16 bebés. «Lloraban en diferentes horarios, era un estrés terrible. Ahí pedimos que nos separaran», dice Celsa.

Emilio Barreto estuvo preso por 13 años en los calabozos dictatoriales, algunos de ellos pasó en Emboscada participando del ritmo cultural que decíamos. «En medio de ese trajín, ese hervidero de actividades, crecieron los niños. Eran los seres más queridos por todos los compañeros; eran los hijos de todos, eran los ídolos de ahí, eran nuestros hijos, nuestras hijas. Las madres no tenían que cuidar casi de ellos», dice. Gran parte del tallado que se producía en el lugar era pensado en los bebés y niños, para juguetes, como también para ingresos económicos para las familias.

Cuando Derlis (h) cumplió un añito de vida, estando preso con su madre, Emilio le regaló un tallado con el dibujo de Trapito, el amigo del ídolo infantil argentino Anteojito. En la madera Trapito le decía a Derlis «te quiero mucho» y Emilio le agregó, de su parte: «Yo también».

El principal lugar de relacionamiento en la cárcel era el patio y las sombras que daban el inmenso guapoœÿ. Cuando llovía, muchas veces la pandilla de niños que crecía chapoteaba en el charco, ante la alarma generalizada de las madres, puesto que una de las cosas más duras que marcó aquellos años de vida fue la indisponibilidad de agua para el baño y menos para beber. En este tipo de ocasiones, los demás presos bromeaban a las mamás «déjenles que jueguen, basta de represión».

“¡Tetente!”

Cada mañana en Emboscada los presos hacían formación en el patio, donde los guardias llamaban la lista. Un día la abuela de Derlis (h), María Lina Rodas, que compartió la prisión con su nieto y su hija Celsa, le pidió al guardia que al llamar a los demás también lo haga con el niño de dos años, pues éste se ponía siempre en la formación de los adultos. Al final de la lista, el carcelero llama:

–¡Derlis Miguel!

–¡Tetente! (Presente), responde el pequeño.

Otro día Derlis y Matilde estaban jugando en una de las celdas y el niño le derramó un frasco de colonia en la cabeza a la niña. «Recuerdo bien ese momento –me dice riéndose Matilde–, me picó todo el ojo. Yo agarré y le mordí el dedo gordo del pie. Yo le quería tanto…».

En una ocasión uno de los celadores pidió a Gladys Ríos poder sacar a su hijo Marcelito a recorrer por unos cinco minutos las inmediaciones del Penal y mostrarle lo que había afuera. Después de mucho dudar, la madre autorizó. A la vuelta del «paseo», todo el mundo estaba pendiente de Marcelo. Al llegar, un grupo de «tíos» y «tías» se acerca y le pregunta qué había visto afuera. Un peio iaaaaande (¡Un perro graaaande!), fue la respuesta del niño. Lo que había visto fue un caballo pastando, pero como toda su corta vida había estado en prisión, los únicos animales que conocía eran los perros de los guardia-cárceles.

En invierno cerrado varios presos se agenciaban para conseguir un poco de agua para el baño y luego entibiarla dejándola al sol en palanganas. Pero cuando veían venir a Marcelito, corrían a proteger sus recipientes, porque éste se divertía tumbándolos.

Justamente la falta de agua potable era uno de los peores males en Emboscada. Toda ella se traía del río Piribebuy o era fruto de las últimas lluvias que se acumulaban en un aljibe que en lo más profundo era puro barro. Las afecciones intestinales eran diarias en estas condiciones a pesar de que las madres hervían el agua durante media hora. Permanentemente los niños enfermaban de diarrea y eso era fatal en un lugar como el Penal donde a cada paso de los niños, los cientos y cientos de «tíos» y «tías» le obsequiaban una tortilla aquí, una galleta allá, un sorbo de tereré. Un día en que Marcelito estaba descompuesto y cualquier gesto solidario sería catastrófico, a su mamá Gladys no se le ocurrió mejor idea que colgarle un papel con la inscripción: «Tengo diarrea, por favor no me invites nada».

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